viernes, 13 de junio de 2008

EDAD MODERNA


EDAD MODERNA:


Alta Edad Moderna, la era de los descubrimientos .

Durante la Antigüedad, el mar Mediterráneo fue el centro del mundo para los europeos. En realidad, el espacio geográfico que conocían era muy reducido: del mar Mediterráneo al mar del Norte y de las costas de Portugal a Mesopotamia. Se sabía, desde los viajes de Marco Polo (siglo XIII), de la existencia de un "Lejano Oriente" desde el cual llegaban la seda y las especias a los estados musulmanes del Próximo Oriente. La existencia del océano Atlántico era evidente, pero parecía muy arriesgado adentrarse en tan inconmensurable mar. La ampliación del mundo conocido fue el resultado de los grandes descubrimientos geográficos llevados a cabo por portugueses y castellanos a fines del siglo XV.
¿Por qué los navegantes medievales no se aventuraban hacia el oeste? Hasta el siglo XV se creía que, al ser la Tierra plana, más allá del mundo conocido se abría un abismo poblado por monstruosas criaturas. De hecho, cuando a su regreso a España (1493) Colón fue recibido por los Reyes Católicos, declaró solemnemente no haber visto ninguno de los monstruos que los cosmógrafos creían existentes en las islas al fin de la Tierra.
Los descubrimientos geográficos
En los descubrimientos geográficos influyeron motivaciones de tipo económico, como el desarrollo del capitalismo comercial que había incentivado el espíritu de lucro. Se hacía necesario llegar directamente a los remotos lugares de los que procedían las especias, la seda y las piedras preciosas, sin tener que bordear el continente africano. Junto al estímulo económico, el ambiente psicológico en que se desenvolvieron los hombres renacentistas (sed de aventuras, afán de gloria) contribuyó igualmente a preparar el camino de los grandes descubrimientos.
Fue necesario también que a estos estímulos humanos se unieran el desarrollo científico y los descubrimientos técnicos, ambos de gran valor para la navegación. La brújula, ya conocida desde el siglo XII, fue mejorada. El astrolabio, instrumento para medir la altura de los astros y, de ese modo, establecer la latitud, fue perfeccionado por los marinos del siglo XV. Se desarrolló también la cartografía, con la realización de cartas marinas y los portulanos, mapas que describían las costas, ámbito en el que destacó la escuela de cartografía mallorquina, cuyos principales animadores fueron los judeo mallorquines Abraham y Jafuda Cresques.
En esta época, se divulgó la teoría del geógrafo griego Tolomeo (siglo I) sobre la esfericidad de la Tierra. Sin embargo, pese a lo revolucionario de dicha teoría, para el hombre del Renacimiento, el océano Pacífico no existía, las costas de Cipango (Japón) y Catay (China) debían hallarse tras muchas jornadas de navegación por el "gran mar" (océano Atlántico) y aún no se sospechaba la existencia del continente americano, a pesar de que los navegantes vikingos, Leiv y Thorvald, hijos de Erik el Rojo, descubridor de Groenlandia, habían alcanzado las costas de Canadá y explorado la península de Vinland (Nueva Escocia) a principios del siglo XI.
Los descubrimientos portugueses
Los portugueses intentaron llegar a la India rodeando África. Ésta fue la meta que se propuso la corte desde la época de Enrique el Navegante (1394-1460). Durante todo el siglo XV, los descubrimientos y conquistas en tierras africanas ocuparon a los portugueses, cada vez más seguros de poder llegar a "las Indias".
La primera conquista importante fue la de Ceuta, en 1415. Posteriormente, los portugueses ocuparon la isla de Madeira (1419) y las Azores (1432), y la costa africana hasta el cabo Bojador (1434). En 1436, llegaron al cabo Blanco y, en 1444, descubrieron Senegal. En una tercera etapa, llegaron a las islas de Cabo Verde (1460) y al cabo de Las Palmas, en la actual Liberia (1461).
En 1487, Bartolomeu Dias consiguió tocar la punta meridional del continente africano, el cabo de las Tormentas, luego llamado de Buena Esperanza. Quedaba así abierto el camino hacia el océano Índico y la deseada tierra de las especias, viaje que realizó por primera vez Vasco de Gama (1469-1524). El 15 de abril de 1498, Vasco de Gama llegaba a Calicut, en la costa sudoccidental de la India. La ruta del sudeste, la denominada "ruta a las Indias por el Cabo", había sido descubierta. Pero, seis años antes de este viaje, los castellanos habían llegado al continente americano, considerado en principio asiático, lo cual originó conflictos entre ambos estados ibéricos.

Los descubrimientos castellanos

La divulgación de las obras geográficas de Tolomeo hizo concebir al presunto marino genovés Cristóbal Colón (1451-1506) el proyecto de llegar a las Indias navegando hacia Occidente. Rechazada su empresa en Portugal, fue apoyada por los Reyes Católicos en nombre del reino de Castilla. Por medio de las Capitulaciones de Santa Fe, los Reyes Católicos concedieron a Colón los títulos de Almirante de la Mar Océana y virrey de las tierras que descubriera, y la décima parte de los beneficios que pudiera conseguir.
La pequeña flota de Colón compuesta de dos carabelas (Pinta), (Niña) y una nao (Santa María), tripuladas por un centenar de marineros, se hizo a la mar en el puerto de Palos de Moguer (Huelva), el 3 de agosto de 1492, siguiendo la ruta de los alisios.
Colón tocó tierra firme el 12 de octubre de ese mismo año, desembarcando en una isla de las Bahamas, Guanahaní, que Colón llamó San Salvador. A continuación se exploraron las islas de Cuba y Haití. Colón regresó a España, en los primeros días de 1493, convencido de haber estado en Asia y dando a aquellas tierras el nombre de "Indias". Colón realizó tres viajes más, ampliando sus descubrimientos en el ámbito antillano. En su segundo viaje (1493), se iniciaron el poblamiento y la explotación de Haití; en el tercero (1498) llegó a la isla de la Trinidad y a la desembocadura del Orinoco, pisando por vez primera el continente americano; en el cuarto (1502) bordeó América Central. Poco después de su regreso a España, murió convencido de haber llegado a Asia.
Cristóbal Colón (h. 1451-1506) Navegante genovés. Zarpó al servicio de los Reyes Católicos en busca de una ruta occidental a las Indias. El 12 de octubre de 1492 descubrió el Nuevo Mundo, al cual regresó en otras tres expediciones. Fue nombrado virrey de las nuevas tierras descubiertas.
En 1513, fecha en que Vasco Núñez de Balboa cruzó el istmo de Panamá y descubrió el "mar del Sur" (Pacífico), se había comenzado ya la colonización de las Antillas y de América Central. Estaba cada vez más claro que se trataba de un nuevo continente y que, para llegar a Asia, era preciso seguir navegando hacia el este.
La demostración práctica de que la Tierra era redonda tuvo lugar tras la expedición de Magallanes y Elcano (1519-1522), que, tras salir del puerto de Sevilla, regresó al de Sanlúcar de Barrameda, después de haber dado la primera vuelta al mundo.
Fernando de Magallanes (h. 1475-1521) Navegante portugués. En 1519 inició una expedición que demostraría la esfericidad de la Tierra y descubrió la unión del Atlántico y el Pacífico en el estrecho que lleva su nombre. Falleció en Filipinas (1521) y fue su ayudante Elcano quien culminó el viaje.
El reparto del mundo entre Castilla y Portugal
Después de algunas disputas coloniales, españoles y portugueses se repartieron el mundo no europeo por medio del tratado de Tordesillas (1494). El mundo quedó dividido en dos hemisferios por un meridiano imaginario situado a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Las tierras situadas al oeste de este meridiano pertenecerían a la corona castellana, y las orientales a la portuguesa. Como el saliente oriental de América del Sur quedaba dentro del ámbito portugués, este país inició en 1500 la colonización de Brasil.
Tratado de Tordesillas Acuerdo firmado en 1494 por los Reyes Católicos y Juan II de Portugal en Tordesillas (Valladolid) que modificó la demarcación del papa Alejandro VI sobre los derechos de colonización.
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Fuente bibliográfica: Gran Enciclopedia Interactiva
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Las monarquías feudales del siglo XIII

El primer siglo de la Baja Edad Media, el siglo XIII, prolonga y profundiza el despegue iniciado en los siglos XI y XIII. El incremento demográfico, la expansión agraria, la implantación de nuevas técnicas con el consiguiente aumento de productividad, el crecimiento de las ciudades, de la burguesía y de los gremios y la reactivación del comercio serán la base del desarrollo del Occidente cristiano. En la esfera política, el asentamiento de las grandes monarquías feudales asegurará el fortalecimiento del poder real en Francia. Pero durante el siglo XIV, el mundo globalmente conocido asistirá con las epidemias y la peste negra llegada de Asia a una gran depresión, cuyas terribles consecuencias se verán multiplicadas por hambrunas generalizadas, descenso demográfico, guerras, revueltas campesinas e insurrecciones urbanas. Sólo a partir de la segunda mitad del siglo XV se iniciará una franca recuperación de las sociedades europeas, en la que tendrá lugar la larga fase de dominación europea basada en los descubrimientos científicos y geográficos con que se clausura la Baja Edad Media.
Si en el siglo XII los reyes habían podido situarse a la cabeza de la jerarquía feudal, utilizando, como resultado de las disputas entre el papado y el emperador, el recurso al derecho romano como medio de solución de los litigios, en el siglo XIII, esta tendencia al fortalecimiento de la autoridad real continuó ganando fuerza. Coherentes con esta posición, las grandes monarquías, al menos en Francia e Inglaterra, dejaron de ser electivas y se transformaron en hereditarias a comienzos del siglo XIII, con lo que el poder de los parlamentos o los estados generales se redujo cada vez más, aunque en muchas ocasiones los reyes, para cercenar el poder de los señores feudales, tendieron a otorgar importantes franquicias y libertades a las ciudades. Sin embargo, el afianzamiento de los capetos en Francia continuó a lo largo de todo el siglo. En Inglaterra la derrota contra Francia originó la disminución del poder real y un fortalecimiento del parlamento, llegándose al equilibrio con Eduardo I.
En la península Ibérica, el siglo XIII fue el momento de los grandes avances de la Reconquista por parte de los reinos cristianos, quedando reducido el Islam al reino nazarí de Granada. Al mismo tiempo, se fueron diseñando dos grandes conjuntos territoriales cristianos con intereses diversos. Al oeste de la Península, el reino de Castilla, con proyección netamente peninsular, salvo el intento de Alfonso X el Sabio de convertirse en emperador. Al este, los reinos que componían la Corona de Aragón proyectarían sus intereses hacia la expansión y dominio del Mediterráneo, con las conquistas de Sicilia, Cerdeña y las expediciones de los almogávares.
La Francia del siglo XIII
El triunfo de Felipe Augusto en la Gran Guerra de Occidente abrió una etapa de expansión para la monarquía de los capetos. Su sucesor, Luis VIII, incorporó a la corona Poitou y Saintonge y preparó la anexión del Languedoc. Su prematura muerte dio la corona a su hijo Luis IX (1226-1270), el cual, tras imponerse a la nobleza, emprendió la séptima cruzada, contra Egipto. De regreso a su país se preocupó por liquidar los conflictos territoriales firmando pactos con otros monarcas. Con Enrique III de Inglaterra concertó el tratado de París (1259), por el cual quedaban en poder de Francia los territorios conquistados por Felipe II y se reservaban a la corona inglesa Aquitania y Guyena. Por el tratado de Corbeil, firmado con Jaime I de Aragón, logró la renuncia de los catalanes a la conquista del Languedoc, excepto la plaza de Montpellier. Luis IX gozó de gran prestigio internacional y murió a causa de la peste en Túnez, cuando acudía a la octava cruzada.
Su hijo Felipe III el Atrevido (1270-1285), deseoso de ampliar su reino, participó en la cruzada contra Pedro III de Aragón. Este rey se había apoderado de Sicilia y de algunas plazas de Calabria. El papa francés Martín IV lo excomulgó y adjudicó sus estados a Felipe III. El monarca francés penetró con un gran ejército en Cataluña, fue derrotado y se vio obligado a retirarse, muriendo en la acción. Este fracaso se vio compensado por la incorporación de Poitou y Tolosa y la preparación de la anexión de la Champaña, que tuvieron lugar durante su reinado.
Inglaterra
La pérdida de gran parte de los territorios que los ingleses tenían en Francia fue la causa del desprestigio de Juan sin Tierra (1199-1216). Caído el imperio de los Plantagenet y arruinado el tesoro nacional, Juan buscó el apoyo del papa Inocencio III y a él infeudó su reino (1213). Este acto motivó una sublevación de la nobleza y la burguesía inglesas, que en 1215 consiguieron que firmara la Carta Magna.
Su hijo, Enrique II (1216-1272), intentó defender la herencia de los Plantagenet en Francia, pero se vio obligado a firmar el tratado de París, por el que sólo conservaba Aquitania y Guyena. Trató de abolir la Carta Magna, pero la nobleza reaccionó con una insurrección victoriosa, ante la cual se vio apremiado a firmar el estatuto de Oxford (1258), que agravaba las limitaciones reales de la Carta Magna al establecer que el rey quedaba sometido a una junta nobiliaria. El rey, ayudado por san Luis y por el papa, intentó reconquistar el poder perdido, pero fue derrotado por Simón de Montfort, el inspirador de la revuelta nobiliaria, en Lewes (1264). Simón de Montfort gobernó entonces como dictador, pero, a pesar de que había dado mayor participación en el parlamento a la nobleza inferior y a la burguesía, no pudo evitar que el príncipe Eduardo le derrotara en 1265. Desde esta fecha gobernó Eduardo, que se convirtió en Eduardo I a la muerte de su padre en 1272. A él se debió la normalización de la vida política con el establecimiento del llamado Parlamento Ejemplar (1295), origen del actual.
El Mediterráneo occidental
A la muerte de Federico II, la situación en Italia era de gran desunión, potenciada, además, por la lucha entre dos bandos rivales, los güelfos, partidarios del papado, y los gibelinos, partidarios del emperador. En las ciudades lombardas esta lucha se mezcló con los sentimientos de independencia, que ya habían sido atizados en el sigloXII por el papa Alejandro III, contra el autoritarismo de Federico I y con intereses locales contradictorios.
Los Estados Pontificios mostraban también signos de fragmentación. El norte se hallaba dividido en varias repúblicas: Venecia, Génova, Pisa, que alcanzaron un gran desarrollo comercial y en las cuales los señores feudales querían intervenir.
Carlos de Anjou, conde de Provenza y rey de Sicilia, quiso ser el árbitro de la política mediterránea. Intervino en los Balcanes, en contra del imperio bizantino, y desvió la última cruzada hacia Túnez. Hubiera conseguido sus objetivos de no habérsele interpuesto el poderío de la Corona de Aragón.
La intervención de Pedro III de Aragón en Sicilia y la posterior derrota de las tropas francesas en suelo catalán, cerraron el camino a las pretensiones angevinas sobre el Mediterráneo occidental.
Por el tratado de Tarascón (1291), el hijo de Pedro III, Alfonso III, se comprometió a obligar a su hermano Jaime II, que había heredado Sicilia, a devolverla al papa. Muerto Alfonso, Jaime II pasó a ocupar el trono y cedió Sicilia a su hermano Fadrique. Éste no aceptó devolver la isla al papa y entonces los ejércitos de Francia, del papa y de Aragón lucharon contra las tropas de Fadrique. Pero, por la paz de Caltabellota (1302), Fadrique se mantuvo en ella y los angevinos conservaron la ciudad de Nápoles.
Desde Sicilia salió un ejército de mercenarios almogávares que venció a los turcos y se apoderó de los ducados de Atenas y Neopatria. Es tos territorios, junto con la isla de Sicilia pasaron posteriormente a incorporarse a la Corona de Aragón.
La guerra de los Cien Años (1337-1453) Las pretensiones del rey inglés a la corona francesa desembocaron en la guerra de los Cien Años (1337-1453), dividida en dos períodos: el primero, hasta la muerte de Carlos V, y el segundo, de 1381 a 1453. Tras sus victorias navales, los ingleses llegaron muy cerca de París, pero en su retirada fueron atacados y vencidos por el ejército francés en Crécy (1346). La peste negra interrumpió la guerra hasta 1355, cuando el Príncipe Negro venció a Juan II el Bueno en Poitiers y se apropió de todo el oeste de Francia. En este país, la burguesía imponía sus condicionesal monarca y el campesinado promovía revueltas. El sucesor de Juan II, Carlos V, se apoderó de las posesiones inglesas hasta dejarlas reducidas a Bayona, Burdeos y Calais. Estas victorias francesas fueron seguidas de una tregua. En Inglaterra, se vivieron unos años de intensa inestabilidad social que culminaron con el destronamiento de Ricardo II; y en Francia, la locura de Carlos VI provocó luchas por el poder que desembocaron en una guerra civil. Enrique IV de Inglaterra aprovechó la debilidad francesa para abrir el segundo período de la guerra. La deserción del duque de Borgoña ayudó a los ingleses a imponer a Carlos VI el tratado de Troyes (1420), por el cual, a la muerte de este monarca, fueron coronados dos reyes en Francia: Enrique VI y Carlos VII. Este último confió a Juana de Arco un ejército que levantó el sitio de Orleans. Después de esta victoria, Juana hizo que se reconociera a Carlos VII como único monarca de los franceses. Luego venció a los ingleses en Patay. Un año después fue hecha prisionera por los ingleses y quemada en la hoguera. La guerra se decantó del lado francés en 1499, al tomar los galos Calais y expulsar a los ingleses.
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El Renacimiento

Para una previa delimitación cronológica y geográfica, podemos tomar el sentido habitual del término "Renacimiento", como el movimiento que, con la base del conocimiento de la cultura grecolatina que el Humanismo (V.) había actualizado, maduró en Italia entre los siglos XV y XVI para ejercer un poderoso y definitivo efecto sobre el resto de la cultura europea. Como Burckhardt observó, el Renacimiento se concretó mucho antes en el orden intelectual y literario que en las artes plásticas (y sobre todo, en la conciencia estética), lo cual impone una gran elasticidad al establecer sucesiones históricas.
Sólo desde un punto de vista teológico y filosófico cabe apuntar hacia el centro esencial del Renacimiento, y hacia su contraposición con la cultura medieval: el hombre, en vez de considerarse una pieza más -aunque privilegiada- en la sólida jerarquía del cosmos, teocéntricamente orientada, se ve más replegado sobre sí mismo, sobre su peculiaridad de hombre y más tarde sobre su propia individualidad: en torno a él, el cosmos natural se le presenta con una nueva fisonomía, quizá más sugestiva, en adecuación a su estructura y destino humanos, y como objeto de nueva curiosidad por sí mismo, por sus propias determinaciones, y no como simple alegoría de significado divino. Dios, por tanto, queda más alejado del hombre: la filosofía nominalista de Occam ha hecho de Dios algo misterioso, en el que no cabe suponer las determinaciones y relaciones que nuestra mente está acostumbrada a manejar en las cosas con que se relaciona en la experiencia normal. Ha aparecido un abismo en la perspectiva en que Dios puede formar parte del horizonte intelectual humano: no se puede extender más el lenguaje y el pensamiento teológico para la ciencia de la naturaleza y de lo humano, porque se ha criticado radicalmente su posibilidad de ser aplicados al propio Dios para obtener conceptos dignos de tal nombre. Que esta crisis pueda haber dado lugar, en algún caso, a un paganismo indiferente y agnóstico, es sólo un hecho periférico: en lo esencial, el Renacimiento empieza siendo una nueva manera de religiosidad -expuesta mejor que en ninguna otra parte en la obra del Cardenal Cusano, como ha mostrado Cassirer en Individuo y cosmos en la filosofía del Renacimiento-, una religiosidad más individual e intimista que la medieval, y que terminará dividiéndose en dos: la forma católica establecida a partir del Concilio de Trento, y la Reforma protestante.
Pero quizá estas formalizaciones de la nueva religiosidad ya quedan fuera de lo que propiamente se suele llamar Renacimiento, que vendría a ser más bien el intermedio intelectual y artístico entre la crisis de la Baja Edad Media y la constitución de estas formas -religiosas y seculares- que han llegado hasta épocas muy posteriores. "A posteriori" nos podemos dar cuenta de que el Renacimiento llevaba en sí una íntima dualidad que probablemente sólo los italianos -con su genio moderado para transmutar los problemas de fondo en formas artísticas y civiles- podían mantener en una situación de fecundidad con cierta duración estable. El Renacimiento tenía su unidad en la mayor distanciación respecto a lo divino, como objeto seguro de conocimiento, pero lo otro, lo que no es lo divino, es doble, porque se compone de la naturaleza física y del hombre. Esta dualidad, al quedar más aislada como tal, tuvo al principio la alegría de un descubrimiento: es la aparición de la naturaleza, en cuyo aspecto de "cosmos" -no en el hombre mismo en cuanto parte de la naturaleza - el franciscanismo había preparado al hombre a sentirse como en su casa, aunque todavía por razones de orden "medieval" en su seguridad última. Es el momento de la ciencia natural, de la física, de los grandes descubrimientos geográficos, de la experimentación, del arte "realista", etc. No tardaría, sin embargo, en venir la crisis, sobre todo con Descartes, que pusiera al descubierto la intima contradicción de los dos elementos principales del Renacimiento (aclarados, en lo referente a lo estético, por Erwin Panofsky en su brillante librito Idea): el elemento idealista y el elemento naturalista. Es decir, al sumergirse en la realidad del mundo, en investigación científica o artística, el hombre está aprehendiendo lo objetivo, pero al mismo tiempo poniendo en juego su propio mecanismo de ideas. Inicialmente, ambas cosas parecen en íntimo acuerdo preestablecido, pero son dos principios radicalmente heterogéneos, y precisamente la historia de la filosofía a partir de Descartes será la discusión sobre su mutuo ajuste o desajuste. El hombre del Renacimiento todavía no siente inquietud por lo que pueda haber de impuesto por su propia mente en lo que él posee como imagen directa y completa del mundo. Y sin embargo, no tardan en aparecer las diferencias: en arte, llega a hacerse evidente que no es lo mismo copiar la realidad que ordenarla en el cuadro y hallar sus leyes, bajo el criterio armónico de un "ideal" (aunque los tratadistas, como Leonardo y Pacheco, se contenten con un eclecticismo en que lo ideal es sólo una corrección del realismo): en la ciencia, ya Galileo reconoció, al decir que el libro de la Naturaleza está escrito en lengua matemática, la necesidad de un proceso de interpretación, en que actúan como intermediarios unos entes ideales, más o menos puestos por nosotros: los números. Pero, en el fondo, ya estaba bien clara la dualidad entre idealismo y naturalismo desde la misma raíz del Renacimiento: es evidente que el platonismo que formó -por decirlo así- la "filosofía oficial" del Renacimiento, era lo contrario exactamente, por espiritualista y por idealista "a prior¡", de la tendencia al análisis, contemplación y disfrute de lo real, es decir, del rasgo quizá más característico de la fisonomía con que se aparece el Renacimiento ante la conciencia histórica del hombre medio actual.
El Renacimiento se distingue por su afán de experiencia, pero con el tiempo se hace evidente que en la experiencia entran dos elementos diversos: el "descubrimiento" de lo externo y su "invención", o sea, la reelaboración ordenadora que la mente humana hace siempre de lo que no es ella, a la luz de sus "ideas", procedan éstas de una implantación nativa o del simple encuadramiento de previas experiencias. La progresiva conciencia de este problema acentúa la diferencia del hombre respecto al resto de la naturaleza: su alejamiento del teocentrismo medieval permitió al hombre ver más de cerca su condición "natural", de trozo del cosmos físico, pero un trozo peculiar, porque piensa y comprende el cosmos entero, incluido él mismo, dando quizá al todo una forma que procede sólo de esa parte. Es decir, las premisas renacentistas llevan gradualmente a una interiorización crítica, que será -para dar ejemplos dispares- la de Lutero, la del Barroco conceptista español y la de Descartes: en Italia, sin embargo, no tiene lugar plenamente esta evolución post-renacentista, por lo mismo que se ha realizado el milagro de demorarse en aquellas dualidades inestables para obtener los frutos estéticos y políticos que permitía su especial perspectiva.
Dentro de la peculiaridad espiritual del Renacimiento, y aun a riesgo de caer en nimiedades sociológicas, no es ocioso llamar la atención sobre la diversa forma en que empieza a tener lugar la vida concreta de la cultura: el hombre de cultura -pensador, artista, científico- se sale ahora de los órdenes medievales, y queda en una zona aparte, secular y sin conexión gremial, como suma de personalidades individuales, formando una nueva aristocracia que no es una "clase", por girar en torno al "genio" personal. Esto hace de la cultura y el arte algo minoritario y extremoso, sin "versión popular": la poesía rompe con las formas tradicionales, más o menos plebeyas y anónimas; la ciencia, al empezar a ser tal, deja de ser propiedad de una colectividad eclesiástica -o mejor, de los "clérigos", los letrados- para ser patrimonio de los individuos que la posean por su propio esfuerzo. (La Universidad, dicho incidentalmente, sufre una íntima transformación, al abandonar los esquemas generales y teológicos del "trivium" y el "quadrivium", para hacerse universidad de "artes" y ciencias, filológicamente analítica y empíricamente objetiva.) Esta ruptura del artista y el hombre de cultura con su inserción genérica y colectiva, abre la posibilidad de una nueva forma de creación y pensamiento, apoyándose en el logro individual, en la invención excepcional y sorprendente, pero en algunos aspectos -por ejemplo, en las artes plásticas, según la apasionada crítica de Ruskin- produce algún perjuicio, al desmembrar la esfera impersonal de lo plástico en formalismos personales, desconectados de su inserción en la vida de todos.
Pero sobre esto se volverá en mejor momento: ahora conviene ir señalando nombres y aspectos concretos del Renacimiento en Italia, ateniéndose en lo posible a lo cultural y artístico, pues requeriría demasiado espacio la consideración adecuada del proceso religioso en que, por coincidir cronológicamente una época de necesidad de reforma interna en la Iglesia con la aparición -por primera vez en muchos siglos- de una instancia espiritual de origen secular y aun extra-cristiano, con el Humanismo, el Papado se encuentra en una peculiar situación (también por los inconvenientes anejos al poder temporal), que facilitó que se llevaran a sus consecuencias más extremas, en el Protestantismo, ciertas instancias de la época que -si bien más tarde- el Concilio de Trento resolvería en su posible forma ortodoxa. Por lo que toca a Italia, en el orden propiamente religioso, no era un protestantismo la forma heterodoxa a que podía dar lugar una exageración del Renacimiento -pues esto hubiera sido entrar en un intimismo moral que, como ya dijimos, se sale del concepto habitual del Renacimiento italiano-, sino, precisamente, un panteísmo como el de Giordano Bruno: es decir, hasta la herejía conserva un carácter naturalista.
Ante todo, el Renacimiento italiano se presenta como nuevo sentido en las formas de vida, desde la vida política hasta la simple vida de relación social y la cortesía. Estos aspectos menudos tendrán sus clásicos famosos, como el Cortesano (V.), de Castiglione, traducido en España por Boscán, y el Galateo (V.), manual de urbanidad que ha perennizado el nombre de Monseñor Della Casa; el aspecto más alto, el de la política propiamente dicha, ha tenido su clásico renacentista en Niccolò Machiavelli (1469-1527), el "Maquiavelo" de las polémicas españolas, que, en obras como El Príncipe (V.), Arte de la guerra (V.) y Discursos sobre las Décadas (V.), presenta una nueva idea del arte de gobernar como actividad fáctica, al margen de la moralidad o la inmoralidad, con atención exclusivamente al interés del "príncipe" -hoy diríamos del Estado-, desgajando, pues, este terreno del derecho de su conexión con el conjunto de la moral y la filosofía, y abriendo paso a lo que, de hecho, son todavía hoy los principios vigentes del sistema de las nacionalidades, como entes sin ulterior justificación. (Hasta cierto punto, una transacción, o mejor dicho, la posible adaptación al derecho cristiano de esta nueva concepción de la vida en forma de nacionalidades, representa la obra de Vitoria en la Universidad de Salamanca.)
En un terreno más histórico que político, pero dentro de una visión del mundo naturalista y sin trascendencia, como la de Maquiavelo, aparece la obra de Francesco Guicciardini (m. 1540), cuya Historia de Italia (V.), así como las Historias florentinas (V.), muestran un frío historiógrafo "Positivo", de sabor bien moderno, evadido de todo providencialismo teológico.
La filosofía propiamente dicha no es, como se comprende, actividad predilecta del Renacimiento italiano: el pensamiento en su posición más general, hay que buscarlo en autores que a veces entran decididamente en el ámbito de lo religioso: por ejemplo, Pietro Pomponazzi(m. 1525), que medita especialmente sobre el problema del alma desde un punto de vista naturalista, al que ya la obra de Aristóteles sirve para contrapesar el excesivo espiritualismo platónico y su desenfoque en la antropología. A pesar de su situación eclesiástica, Pomponazzi escribe su tratado De la inmortalidad del alma (V.) ateniéndose exclusivamente al "dato" objetivo y prescindiendo de toda Revelación. En general, toda la filosofía de la naturaleza queda estudiada al margen de la perspectiva teológica en el tratado De rerum natura (V.) de Bernardino Telesio (1509-1588).
Ya mencionábamos los nombres del Cardenal Cusano y de Giordano Bruno (1548-1600) como pensadores situados dentro del terreno religioso, si bien este último en forma más o menos panteísta; aunque tal vez sería mejor llamarle pre-hegeliano. Más vario y contradictorio, pero más rico, es en su obra Tommaso Campanella (1568-1639), con un naturalismo tocado de platonismo, en su Metafísica (V.) que da lugar a la invención de una curiosa utopía política, la Ciudad del sol (V.), donde imagina una sociedad de comunismo teocrático.
Pero quizá será mejor pasar a aludir al Pensamiento científico renacentista, si bien dejando intacto el terreno médico, donde a partir de Vesalio, se constituye un nuevo sentido de la ciencia anatómica y terapéutica: vamos a nombrar a Galileo Galilei (1564-1642), verdadero fundador del método experimental en la física, la cual se reduce desde ahora a un saber concreto sin necesidad de aclarar su conexión con la metafísica y la teología; solamente organizando los datos naturales en forma cuantitativa, prescindiendo de lo cualitativo, en un conjunto homogéneo matemáticamente relacionable. Éste es el verdadero sentido de su célebre polémica heliocéntrica, a partir de la "revolución copernicana".
No mencionaremos, por parecernos demasiado obvio, los nombres de todos los poetas italianos del Renacimiento, como ilustraciones de este movimiento espiritual: sólo, por marcar un límite, diremos que se ha podido considerar a Torquato Tasso (m. 1595) como el último nombre que se incluye propiamente en la época madura renacentista. En general, la poesía italiana del Renacimiento había alcanzado ya una precoz madurez antes de que se pudiera hablar en general de dominio del Renacimiento, es decir, aún en el período que al principio conveníamos en designar con el nombre de Humanismo: puede decirse que desde Petrarca la poesía italiana no cambia sustancialmente, por lo menos hasta el Seiscientos, aunque sí enriqueciéndose con el desarrollo de algún género literario más, dentro de las mismas premisas estéticas, por ejemplo, el poema épico en octavas reales. Pero es precisamente con la llegada del siglo XVI cuando la poética petrarquesca se difunde por toda Europa: Garcilaso en España, Ronsard en Francia, Spenser en Inglaterra, Camoens en Portugal -o, con más precisión, Sá de Miranda- establecen un sistema internacional de formas poéticas, que también comporta, además de la forma, todo un mundo sentimental neoplatónico y clasicista, con mayor o menor tendencia al intimismo filosófico. En la poesía renacentista de todos los países prevalece decididamente el elemento idealista sobre el elemento naturalista -para seguir la distinción antes establecida-: tal vez el elemento naturalista se ha convertido, desde el propio Petrarca, en complacencia formal y sonora, con lo que, de ser cierta esta hipótesis, habría que decir que "lo natural", el objeto de experiencia y complacencia sensible, en vez de ser el mundo real, lo es para esta lírica el poema mismo considerado como "cosa", como producto natural perceptible.
Si pasamos al arte, es decir, a la conciencia estética y a los principios que, de hecho o de derecho, rigen las artes plásticas en el período renacentista, nos encontramos con un dilema explícito entre realismo e idealismo, sobre todo si, como es el caso de Leonardo de Vinci, además de la obra tenemos las palabras del artista: por un lado, se acentúa, en el Tratado de la pintura (V.), la afirmación de que el arte tiene que ser observación, análisis y posesión reproductora de la realidad, frente al esquematismo simbólico del arte medieval, pero al mismo tiempo la obra de arte es una ordenación, un descubrimiento de "leyes", e incluso, una manifestación del ideal que el artista lleva en sí, por más que lo lleve como resultado de una larga experiencia de observación de realidades. Se ha señalado que Leon Battista Alberti y Rafael entendían la "idea" en este sentido de "ideal": más adelante, Vasari le da un simple significado de abbozzo, o sea, de proyecto, de plan preconcebido. Si tomamos el momento más característico de la pintura renacentista -Rafael- observamos que la perspectiva lineal establece un ámbito de posesión mental, donde todo se ordena en una escenografía realista, y si se quiere ilusionista, pero precisamente por estar referida a una mente ordenadora. Esto se advierte más claramente en Leonardo, en quien pierde la estabilidad ese equilibrio de contrarios (naturalismo-idealismo), y la pintura trata de investigar y reproducir casi científicamente las condiciones mismas de la experiencia visual: de ahí que se dé paso a la "perspectiva aérea", es decir, a la mayor o menor transparencia y nitidez como indicación de la distancia, más segura y empírica que la ordenación en líneas convergentes de los términos del diorama visual. La "perspectiva aérea", a su vez, comporta el sfumato, cierta borrosidad grisácea que atenúa y funde los colores, tal como de hecho ocurre en la visión humana: ahora la "naturaleza" que persigue la pintura no es tanto la naturaleza de las cosas cuanto la del hombre que las conoce; estamos, pues, entrando en un proceso de autoanálisis, que, pictóricamente, llevará al Impresionismo, y que tiene su correlato intelectual en la filosofía crítica. Evidentemente, ya Leonardo, quizá por causa de sus contactos con la escuela veneciana, pone en crisis el estilo florentino, que es el más propiamente renacentista, dejando la ordenación y la abstracción intelectual del orden lineal, por la aprehensión del fenómeno mismo de la visión, a que lleva la investigación del chiaroscuro. "El pintor se pinta a sí mismo", ha dicho significativamente en su Tratado (en sentido de que el pintor conoce su propia naturaleza humana al pintar, y quizá también que pone sus propios ideales). Con ello se supera el imperativo de "conformidad con la cosa imitada", dejando atrás el realismo estricto, primero por la elección del objeto pintable, pero luego por la aplicación del deus ex machina que es la idea, en el sentido a que alude a ella Pacheco, cuando dice que el pintor debe, para lograr la belleza en su obra, aplicar "juicio y elección de las bellísimas obras de Dios, y cuando no, hermosas ideas"; y finalmente, por otro diverso realismo, un "realismo psicológico", en que no se pretende reproducir la cosa misma, sino el conjunto de las condiciones de su impresión, fundida en una experiencia y un ambiente. A esto lleva el empirismo plástico, que se atiene al ojo, prescindiendo de conceptos y referencias metafísicas y teológicas: la pintura renacentista, así entrada en crisis, dará paso a varios tipos de pintura, como el "manierismo", la pintura escultórica de Miguel Angel, el luminismo de Caravaggio, etc.
Algo diferente es el problema del Renacimiento en la arquitectura: por lo pronto, hay en ella un elemento "humanista" -o sea, de formas grecolatinas heredadas - más importante que en la pintura: los "órdenes" vitruvianos. Y ocurre, además, que el Renacimiento altera radicalmente el sentido mismo de la arquitectura, en parangón con lo que había sido en la Edad Media: obra colectiva, adaptada funcionalmente a las exigencias de la comunidad religiosa o de la vida familiar, y, sobre todo, terreno común de todas las artes plásticas, que se integran jerárquicamente dentro del "campo de fuerzas" arquitectónico. Tal vez por desplazarse el terreno creativo a climas más suaves, desde el Norte hacia el Mediterráneo, en el paso del gótico al Renacimiento, la arquitectura deja de responder a imperativos de habitabilidad para hacerse "libre", ornamental, teniendo en el "palazzo" y su fachada la forma típica, no en la vivienda ni en la iglesia. El arquitecto deja de ser un artesano, un obrero, y se convierte en un puro inventor, que resuelve todo el edificio por una sola intuición espacial abstracta. Argan ha señalado, en el caso de Brunelleschi, que la cúpula de la catedral florentina representa el paso a un modo de construir renacentista: por fallar la pericia medieval de los artesanos, Brunelleschi tiene que inventar una forma nueva de cúpula que se vaya sosteniendo a sí misma conforme se cierra, sin encofrados completos.
Es decir, la arquitectura renacentista significa un análisis y una posesión mental del espacio, de carácter casi filosófico y científico, y que da lugar a un sentido nuevo de la perspectiva arquitectónica, como forma de aprehensión total del edificio, sin el distanciamiento de vagos términos que podía haber en el gótico, y con ornamentación de "citas", de elementos clásicos que dieran elegancia y calidad humanística e histórica al edificio. Podríamos poner a Bramante como ejemplo arquetípico de arquitecto renacentista: Miguel Ángel, Bernini y sobre todo Palladio marcarían el tránsito hacia una situación más "barroca", en el moderado alcance que puede tener esta palabra aplicada a la arquitectura italiana.
Haciendo, pues, un primer resumen del sentido y valor del Renacimiento como movimiento espiritual, podemos decir que en cierto modo es el quicio central de la historia de la cultura occidental: ningún movimiento ha tenido una eficacia renovadora tan decisiva, quizá porque lo esencial de su mensaje era destacar la dimensión "renovadora" y original en el hombre, acentuando lo que en él, en cuanto hombre, podía ser principio de actividad autónoma. Pero lo más curioso -y también, la gran fuerza y la gran debilidad- del Renacimiento es que esta originalidad y esta nueva libertad se propugnaran a partir de un clasicismo, de la invocación a una cultura pretérita de magisterio perenne. Tal vez por la profusión de su novedad tenía el Renacimiento que volverse hacia bases tradicionales en que apoyar el salto: la cuestión está en saber si ese mundo clásico era un canon o un estímulo, un modelo o un pretexto. Como recuerda E. R. Curtius, la Edad Media había conservado en plena circulación muchos elementos clásicos, e incluso seguía teniendo en lo grecolatino el punto habitual de referencia: lo que cambia decisivamente es la intención con que se alude a lo clásico, que en el Renacimiento es una intención radical, alcanzando lo esencial de todo, para revolucionarlo fingiendo no hacer más que restaurarlo y devolverlo a las formas prístinas. Tal es, probablemente, el sentido filológico del Renacimiento, y por eso es totalmente irrelevante que nuestra filología, más perfeccionada, descubra que el mundo clásico fue de hecho algo muy alejado de su imagen canónica renacentista.
No podemos analizar suficientemente el influjo. inmediato del Renacimiento italiano sobre la cultura europea: dejaremos apenas indicado que, en Francia, además de la influencia poética a través de Ronsard, hay que tomar en cuenta el pensamiento neoepicúreo de Pierre Gassendi, y sobre todo, el fino pensamiento crítico de Montaigne; para no entrar en el dominio de las artes plásticas, también con evidente, aunque más retardado eco renacentista. En un sentido más científico y filosófico, señalaremos el ejemplo germánico de Paracelso. Y en el terreno religioso, en general, ya hemos aludido a la conexión entre Renacimiento y Reforma.
Pero sí nos extenderemos algo más en el problema del Renacimiento español, entre otras razones porque, en la suerte peculiar de su influjo en España, puede el Renacimiento dejar ver mucho de su esencia. Ha habido quien ha negado todo renacentismo en la cultura española (España, el país sin Renacimiento se tituló el libro de Wantoch), y ha habido, por el contrario, quien, como Aubrey F. G. Bell, ha extendido el renacentismo hasta abarcar todo el Siglo de Oro literario.
(En cualquier caso, no puede ser un azar que el Siglo de Oro empezara precisamente a raíz de la entrada del influjo renacentista.) Pero podría ocurrir que todo el Siglo de Oro fuera, de un modo u otro, renacentista, y, sin embargo, que el Renacimiento no se hubiera dado en forma dominante y pura en España. España fue el país europeo que recibió más de lleno el impacto del Renacimiento, por proximidad física y contacto político, pero su espíritu no se adecuaba al sentido esencial del Renacimiento: demasiado teocéntrica, demasiado poco interesada en la contemplación especulativa -científica o estética- de la naturaleza circundante, que no se refiera directamente a intereses éticos y religiosos, España, por otra parte preocupada con la colonización americana y -en seguida- por las guerras religiosas, no tenía el desasimiento teórico renacentista, ni su primacía del tema antropológico. Con todo ello, lo cierto es que se puede y se suele hablar del "Renacimiento español" para referirse, aproximadamente, al reinado del Emperador Carlos, o sea a la primera mitad del siglo XVI. En la prosa, el renacentismo domina a partir de su entrada, en lucha con el elemento medievalista siempre persistente, en la Celestina (V.), para dar su último fruto maduro en los diálogos y tratados de Fray Luis de León: en la poesía, el renacentismo propiamente dicho que introducen Boscán y Garcilaso dura como tal hasta Fernando de Herrera, para confluir gradualmente en un sentido más amplio de la lírica, donde el Renacimiento no es más que una de las fuerzas y elementos del conjunto.
Ahora bien, seguramente lo que más importaba en aquel período de la cultura española no eran las nuevas formas artísticas y poéticas, ni el nuevo sentido filosófico, filológico y científico -esta última dimensión fue prácticamente ignorada-, ni, mucho menos, como no fuera para un enérgico rechace, el nuevo sentido político, sino, por encima de todo, las inquietudes religiosas en esa nueva atmósfera que toma de Erasmo de Rotterdam su nombre antonomástico. Es decir, dominaba algo que, aunque talvez de remota raíz renacentista, venía de tierras nórdicas, con un "pathos" religioso poco armonizado con el Renacimiento propiamente dicho.
Fuera de la poesía, la mayor aportación española es la del Cardenal Cisneros, con la Biblia Políglota (y con la misma Universidad de Alcalá, que pudo ser la "Universidad renacentista" frente a Salamanca, Universidad más medieval). Pero nadie piensa nunca en Cisneros como lo que suele llamarse un cardenal del Renacimiento, y, por otra parte, una tan directa aplicación de la filología a una obra religiosa y eclesiástica, se sale probablemente un poco del marco de lo renacentista.
No debemos olvidar alguna manifestación periférica, como la religiosidad individualista, protestante "avant la lettre" de Juan de Valdés, cuyo Diálogo de la lengua (V.) tenía una intención práctica de ayuda para el proselitismo entre los italianos: o como la fina crítica humanista y un tanto erasmiana, de Luis Vives, que suele escribir en latín, y reside en Flandes. Un poco desplazado también, aunque dentro de la propia España, queda Francisco Sánchez, con su "filosofía escéptica", que no encuentra mayor eco por falta de una filosofía laica en el país.
Pero, literalmente hablando, la prosa renacentista no halla plena resolución en España: Fray Antonio de Guevara resulta casi "pre-barroco", y Fray Luis de León, como prosista, tiene un valor muy inferior al de su lírica.
En cambio, Garcilaso de la Vega ofrece, dentro de la poesía, casi un arquetipo de figura renacentista, por su lírica, por su personalidad caballeresca, y en cierto modo, también por la falta de conexión que hay entre sus versos y su catolicismo personal, junto con su sentir de caballero del Imperio, bien lejano a toda elegía en su acción personal. Podríamos presentar a Garcilaso como el punto más avanzado de la penetración del Renacimiento en la cultura española, tal vez en unión de Fernando de Herrera, éste doblado de filólogo, de teórico, y, significativamente, comentador de Garcilaso.
En las artes plásticas, el Renacimiento tiene un influjo que, aunque importante, siempre es parcial. El ejemplo de mayor aproximación al renacentisrno pictórico italiano lo tendríamos en el ambiente valenciano de los pintores "leonardescos", sobre todo la familia Masip, en la cual aparece el llamado "Juan de Juanes". Ya Morales el "Divino" habría de ser encuadrado en un "manierismo", más que en el Renacimiento propiamente dicho.
En la arquitectura el primer influjo renacentista no es tampoco muy puro en su origen ni en su aplicación: se trata del "plateresco", el estilo de ornamentación de edificios que, nacido en Urbino -la patria de Rafael- y difundido desde Venecia, se adapta en España a las últimas formas del gótico -en el reinado de los Reyes Católicos-; en todo caso, no llega nunca a implantarse sobre estructuras totales de edificio que respondan plenamente, a un sentido neoclásico (véase, por ejemplo, en el plateresco "civil", la Plaza Mayor de Salamanca).
Esta debilidad íntima del Renacimiento plástico en España se advierte mejor observando el arte hispanoamericano, donde parece darse como un salto desde lo medieval hasta lo barroco.
Resumiendo, pues, podríamos decir que España es la nación europea que más parte ha recibido del mensaje italiano del Renacimiento, pero también la que más profundamente lo ha modificado y cambiado de sentido, haciéndolo ingrediente de otro sentido general de la cultura y la vida.
Autor: José M.ª Valverde
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Fuente bibliográfica: Diccionario Literario
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Antecedentes y rasgos de la Ilustración

Denis Diderot afirmó que cada siglo tiene su rasgo fundamental. "El nuestro es el siglo del pensar, es decir, el siglo de la razón." En efecto, el s. XVIII ha pasado a la historia con el nombre de "Siglo de las Luces", significándose con ello su oposición a las "tinieblas" de la ignorancia, de la superstición y del oscurantismo a través del conocimiento y la ciencia. Tras los descubrimientos y avances científicos de los ss. XVI y XVII, el XVIII es sobre todo un siglo de aplicaciones prácticas.
La Ilustración en sentido propio tuvo sus raíces en Inglaterra, y su patria ideal en Francia, desde donde se difundió a Italia, Alemania y España. La expresión âge des lumières o âge de la raison es la forma usada por los propios ilustrados para referirse a su tiempo. Los ilustrados se caracterizaron por su esfuerzo por articular su labor intelectual, combinándola con una intención divulgadora. Combatieron contra la Iglesia por la posesión y el control monopolizador de la cultura. Concretamente en Francia, los philosophes guiaron las reivindicaciones espirituales y materiales del pueblo, de las clases explotadas, de la alta y de la pequeña burguesía en ascenso.
La batalla por la difusión de la cultura (de la cual es un modelo la labor de la Encyclopédie dirigida por Jean Le Rond d'Alembert y Denis Diderot) constituye el preámbulo conceptual de la gran revolución.
Los intelectuales del s. XVIII trataron ante todo de difundir los éxitos alcanzados por el pensamiento anterior, considerado una conquista, a fin de elevar la cultura popular a un nivel compatible con el caudal de conocimientos adquiridos en los últimos siglos.
Intentaron asimismo configurar las costumbres morales, jurídicas y políticas en torno a las nuevas ideas positivas y científicas. Todos estos afanes pueden resumirse en lo que cabría calificar como clarificación de las conciencias, "iluminar" o ilustrar.
Entre el legado que la filosofía precedente transmite al movimiento de las luces, cabe destacar:
Inducción
Los ilustrados adoptaron el método inductivo-experimental de Bacon, que postulaba la observación directa de los fenómenos naturales, y contribuía a eliminar el prestigio que había gozado durante siglos el método deductivo de Aristóteles.
Autonomía
Ampliaron la autonomía e independencia del pensamiento racional, que ya afirmara su capacidad para establecer sus propios postulados y extraer sus conclusiones, sin tener que supeditarse a los dictados de la autoridad providencial.
Cientifismo
Hicieron suyo el descubrimiento físico de la ley de la gravitación universal de Isaac Newton, que sirvió para afianzar la noción de un orden cósmico y para valorar más aún los datos observados directamente de la naturaleza.
Anticlericalismo
Asumieron la crítica realizada contra la religión cristiana por la filosofía de Spinoza, quien había sustituido al Dios personal del cristianismo por un Dios de carácter panteísta. Partiendo de esta crítica, un grupo de filósofos británicos elaboró la noción de deísmo, desarrollando la idea de una religión natural, de la que derivaban todas las religiones históricas.
Liberalismo
Desarrollaron la ciencia política anunciada por el liberalismo, separando el derecho natural de las concepciones políticas cristianas, de origen bíblico. En este punto fue fundamental la influencia de Locke, punto de referencia para quienes anhelaban una organización racional de la sociedad y el Estado.
Racionalismo-empirismo
Durante el s. XVIII el racionalismo, entendido como "metafísica de la razón", retrocedió en favor de una razón crítica, y de la idea universal de la exactitud del saber. El empirismo, en cambio, ganó terreno al racionalismo cartesiano, difundiéndose y constituyéndose en una suerte de positivismo científico-tecnológico. A finales de siglo la gran construcción sistemática y crítica de Kant concilió la oposición entre racionalismo y empirismo, conservando el rigor formal del primero, pero orientándolo hacia cauces prácticos.
Fuente bibliográfica: Gran Enciclopedia Interactiva
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La Revolución Francesa: de los Estados Generales a la reacción termidoriana

La convocatoria de los Estados Generales significó la culminación de la denominada "revuelta de los privilegiados" y el comienzo de una nueva etapa caracterizada por el protagonismo de la burguesía. Comenzaba la Edad Contemporánea. Las elecciones para diputados se efectuaron según los tres brazos tradicionales: la nobleza, el clero y el tercer estado, aunque este último, por decisión de Necker (nuevamente en el poder desde 1788), debía tener el mismo número de diputados que los otros dos Estados juntos, dado que representaba a la mayoría de la población francesa.
Los Estados Generales se inauguraron el 5 de mayo de 1789. El Tercer Estado exigió que las deliberaciones se hicieran en común y no por brazos, y que las votaciones fueran por cabezas y no por estamentos (brazos). Frente al desacuerdo de los privilegiados, el Tercer Estado se proclamó Asamblea Nacional (16 de junio), a la que se unieron algunos nobles (La Fayette, Mirabeau) y algunos clérigos, como Sieyès.
El 20 de mayo, reunidos en el salón del "Juego de Pelota", los miembros del Tercer Estado decidieron no disolver la Asamblea hasta que se dotara a Francia de una constitución. De esta forma afirmaban el principio de la soberanía nacional.
La movilización popular
Los nobles empujaron a Luis XVI a actuar contra la Asamblea y a destituir a Necker, verdadero ídolo de la burguesía e impulsor de las medidas para que la aristocracia participara en las cargas fiscales. Tales circunstancias, al coincidir con un malestar generalizado de las clases populares, fueron aprovechadas para movilizar a las masas parisienses, que asaltaron la Bastilla (14 de julio de 1789), prisión estatal y símbolo del absolutismo.
La rebelión se extendió por todo el país y la burguesía se adueñó del poder municipal y creó milicias cívicas. Pero, cuando la revuelta urbana empezaba a remitir, una oleada revolucionaria recorrió el campo, dando lugar al fenómeno conocido como el "Gran Miedo". La rebelión campesina obligó a los miembros de la Asamblea Constituyente a abolir el régimen feudal (privilegios fiscales y derechos señoriales).
La obra de la Asamblea Constituyente
El 26 de agosto, la Asamblea publicó la Declaración de los Derechos del Hombre, en la cual se reconocían el derecho a la propiedad, la igualdad jurídica y las libertades personales. El 12 de julio de 1790 se proclamaba la constitución civil del clero, cuyos miembros pasaban a ser funcionarios estatales a la par que se suprimían los conventos y las órdenes religiosas. Además, los bienes de la Iglesia fueron nacionalizados y vendidos para enjuagar el déficit público.
Ante el desarrollo de los acontecimientos, Luis XVI y su familia intentaron huir de Francia, siguiendo el camino que ya había tomado parte de la nobleza, pero su fuga fue descubierta en Varennes y la familia real fue conducida de vuelta a París.
La Constitución de 1791
La nueva constitución (14 de septiembre de 1791) establecía la monarquía parlamentaria como sistema político. El rey tenía derecho de veto sobre las leyes votadas por la Asamblea y ésta era elegida de forma censitaria (tenían derecho de voto los ciudadanos que pagasen una contribución igual a tres días de trabajo). En general, la Constitución de 1791 era, en su articulado, la expresión política de la burguesía moderada.
La Asamblea desplegó una ingente tarea legislativa: descentralización y racionalización administrativa con la creación de 83 departamentos; reordenación de la administración de justicia; abolición de las trabas que imposibilitaban el acceso de los ciudadanos a los cargos civiles y militares; supresión de aduanas y peajes interiores; abolición de los gremios; y regulación de la igualdad de todos los ciudadanos ante los impuestos.
La Constituyente, tras convocar elecciones legislativas, se disolvió el 30 de septiembre de 1791.
La Asamblea Legislativa
La cámara que resultó de las elecciones legislativas estaba integrada en su totalidad por miembros de los distintos sectores de la burguesía. Los 745 escaños se distribuían en tres grandes grupos ideológicos: la derecha, integrada por 260 diputados que defendían la monarquía constitucional; la izquierda, representada por 140 diputados claramente opuestos al régimen monárquico; y el centro, grupo mayoritario en el que se incluían patriotas identificados con la revolución pero que no se definían en cuanto a la forma de Estado.
La Asamblea Legislativa supuso un paso adelante en el proceso de radicalización revolucionaria que vivía Francia desde 1787. La grave conflictividad interna, provocada en parte por la crisis económica y por la presión de los más radicales que reclamaban la instauración de la República, y la actitud amenazante de las potencias extranjeras hicieron creer a las autoridades de la Asamblea que la Revolución sólo podía salvarse adelantándose a declarar la guerra a los enemigos exteriores.
La declaración de guerra a Austria, 20 de abril de 1792, fue recibida con gran euforia popular, aunque los reveses sufridos en la contienda por el ejército francés causaron un agravamiento de la crisis interna.
Mientras tanto, en París crecía el movimiento contra la monarquía. El 10 de agosto de 1792 se produjo el asalto al palacio de las Tullerías y se estableció la comuna popular de París. La Asamblea destituyó al rey y decretó la formación de una Convención nacional elegida por sufragio universal. La monarquía constitucional había sobrevivido menos de un año.
La Convención
El proceso revolucionario alcanzó con la Convención sus más elevadas cotas de radicalismo. Derrotados los monárquicos constitucionalistas en las elecciones, la nueva cámara estuvo formada por una derecha (160 diputados) de extracción altoburguesa y defensora de una república conservadora (girondinos); una izquierda y extrema izquierda (140 diputados) que agrupaba a la pequeña y mediana burguesía, defensora de una república democrática (la montaña); entre ambas tendencias, se ubicaba la llanura o el pantano, contingente de centro (350-400 escaños), que era el grupo más numeroso.
El 20 de septiembre, la Convención proclamó la República e inauguró un nuevo calendario el mes de septiembre de 1792, pasó a corresponder al año I de la República.
El proceso a Luis XVI, que sería condenado a muerte y guillotinado el 21 de enero de 1793, agudizó la crisis por la que atravesaba Francia. Las fuerzas realistas y el clero refractario provocaron revueltas antirrepublicanas, mientras que las potencias absolutistas europeas creaban la primera coalición para frenar el avance de las tropas de la Convención.
En el verano de 1973, los diputados montañeses expulsaron del poder a la derecha girondina. El nuevo poder, progresivamente encarnado en la dictadura de Robespierre, dictó una serie de medidas encaminadas a poner todos los recursos de la nación al servicio de la guerra para derrotar a los ejércitos de la primera coalición. Por otro lado, la puesta en marcha de tribunales revolucionarios logró aplastar la rebelión interior. Superada la crisis, el frente jacobino empezó a fraccionarse y cada vez era más fuerte la reacción moderada que reclamaba la normalización de la vida pública y la aplicación de la Constitución de junio de 1793.
Las medidas fueron cada vez más radicales, y el 10 de octubre de 1793 se suspendió la constitución proclamando el estado de excepción. Se iniciaba lo que se conoce como el Terror, o dictadura de Robespierre. Un tribunal revolucionario sumarísimo ejecutó en la guillotina a numerosas personas, entre ellas la reina María Antonieta (16 de octubre de 1793). La represión fue indiscriminada, llegando incluso a afectar a algunos jacobinos, como Danton.
La reacción termidoriana
El desprestigio de Robespierre impulsó a su propio partido a acabar con su vida. Arrestado junto con Saint-Just el 27 de julio de 1794 (9 de Termidor), ambos fueron ejecutados al día siguiente. El "golpe de Termidor" puso fin a la fase de radicalismo jacobino e inauguró un período de reacción conservadora en el que el terror sólo cambió de dirección.
La gran burguesía volvía a hacerse con el poder, formando un frente común con el ejército para impedir todo intento de subvertir el nuevo orden burgués que se presentaba como el gran logro de la Revolución.
¿Quién fue el inventor de la guillotina? El médico francés Joseph-Ignace Guillotin (1738-1821), miembro de la Asamblea Nacional en 1789. En realidad, Guillotin no hizo más que perfeccionar un artilugio similar que ya se usaba en Italia y Escocia desde el siglo XV, cosa que hizo como "acto de humanidad" para facilitar a los reos de pena capital una muerte rápida e indolora. El primer reo ajusticiado fue Nicolás Jacques Pelletier (abril de 1792).
Fuente bibliográfica: Gran Enciclopedia Interactiva
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jueves, 12 de junio de 2008

EDAD MEDIA


Edad Media



Roma y la culminación del mundo clásico.


El ascenso del mundo romano desde la constitución de Roma en ciudad en el siglo VI a.C. al poderoso imperio forjado en tiempos de Augusto fue un largo proceso que, arrancando con la conquista de la península Itálica, logró adueñarse de todo el Mediterráneo. En este proceso, Roma incorporó e hizo suya la cultura helenística, que se convirtió en el soporte de la expansión romana. Pero el sistema político y administrativo de la República romana fue incapaz de hacer frente a las sucesivas conquistas que desbordaban el horizonte mediterráneo para, siguiendo el sueño de Alejandro, incorporar pueblos y culturas muy diversos en una misma entidad jurídico-política.
Las guerras civiles acabaron con la República, y el Imperio permitió abordar la organización administrativa y política de un grandioso espacio geopolítico, al que los conquistadores se aplicaron en romanizar. La grandeza del Imperio no podía medirse sólo por el crecimiento progresivo de sus fronteras, que alzanzaron su mayor extensión con Trajano y Adriano, sino por la probada capacidad de la administración romana de incorporar a las provincias más alejadas a la vida, los gustos y la cultura romano-helenística, mediante la destrucción primero de la resistencia nativa, para proceder luego a la aculturación de sus notables y dirigentes hasta convertirlos en nuevos ciudadanos de Roma. Las crisis de los siglos III y IV d.C. reflejan el ocaso de la civilización romana.
Los orígenes de Roma
Hacia el año 1000 a.C. llegaron a la región del Lacio los latinos, pertenecientes al pueblo itálico. En las colinas situadas junto al río Tíber fundaron pequeños poblados y se unieron en la Confederación Latina. Una de estas aldeas, la futura Roma, fue invadida por los etruscos, que la urbanizaron y protegieron con murallas haciendo de ella una auténtica ciudad. A finales del siglo VI a.C., los romanos expulsaron a los etruscos y cambiaron a los antiguos reyes por un sistema de gobierno republicano. Aparecieron en este momento dos instituciones que tendrán gran importancia en la futura historia romana: el senado, formado por los jefes de las distintas gens, y los cónsules.
El poder creciente de los romanos los enfrentó a sus vecinos. Así, Roma, durante el siglo V a.C., tuvo que imponer su autoridad en la Confederación Latina, organizarse políticamente y hacer frente a las luchas intestinas que protagonizaban patricios y plebeyos.
La expansión romana por la península Itálica
Antes de iniciar la etapa de expansión por la península Itálica, los romanos tuvieron que enfrentarse a la invasión de los galos, los cuales, después de ocupar el valle del Po, se lanzaron sobre la Italia central y, tras derrotar a los romanos en el río Allia (390 a.C.), saquearon Roma. Los romanos se rehicieron rápidamente y consiguieron detener posteriores invasiones galas. Roma tuvo que luchar nuevamente con sus vecinos: venció a los latinos y a los hérnicos, incorporó los territorios volcos y la Campania (341 a.C.) y, a través de esta región, recibió la influencia helénica. Las ciudades latinas se sublevaron, aunque sin éxito, y Roma disolvió entonces la Confederación Latina, convirtiéndose en la capital del Lacio (338 a.C.).
Los romanos se adueñaron de la Italia central al vencer a los poderosos samnitas, los galos, los etruscos y los umbros. Finalmente, tras la victoria sobre Tarento y su posterior ocupación (272 a.C.), Roma estableció su dominio sobre toda la península Itálica en el año 264 a.C.
La expansión romana por el Mediterráneo
Una vez dueños de la península Itálica, los romanos se lanzaron a la conquista del Mediterráneo. La poderosa Cartago, con la que se había establecido en 348 a.C. un tratado que delimitaba las respectivas áreas de influencia, fue el primer enemigo a batir para establecer su dominio sobre el Mediterráneo central y controlar el comercio marítimo, las explotaciones agrícolas y la producción minera, actividades en las que los cartagineses habían demostrado gran habilidad. Las luchas entre ambos se conocen como las guerras púnicas, porque los romanos denominaban punos a los cartagineses.
Las guerras púnicas
Durante la primera guerra púnica (264-241 a.C.), cuyas hostilidades se iniciaron por el ataque cartaginés a Siracusa, los romanos formaron rápidamente una escuadra que, tras perder las primeras batallas, liquidó las naves cartaginesas en las islas Egates; éstos tuvieron que aceptar la paz y cederles Sicilia y Cerdeña. La pérdida de sus posesiones, que suponía para Cartago la falta de materias primas y la imposibilidad de reclutar mercenarios, así como el pago de tributos de guerra, era una pesada losa para los cartagineses, por lo que la nueva familia influyente de Cartago, los Bárcidas, decidió intervenir militarmente en la península Ibérica. Amílcar Barca desembarcó en Gadir (Cádiz), conquistó el sur y extendió el dominio púnico hacia el sudeste, fundando Carthagonova (Cartagena). La firma de un nuevo tratado (226 a.C.) estableció los límites de influencia entre Roma y Cartago en la península Ibérica, pero los sucesores de Amílcar, su yerno Asdrúbal y, asesinado éste, su hijo Aníbal, continuaron la expansión y atacaron la colonia protegida de los romanos, Sagunto. La ocupación de Sagunto por Aníbal (247-183 a.C.) fue el inicio de la segunda guerra púnica (218-201 a.C.). Aníbal estaba convencido de que sólo se podría derrotar a Roma en su propio territorio, por lo que atravesó los Alpes con un gran ejército, venciendo y aniquilando a los romanos en Tesino, Trebia, Trasimeno y, sobre todo, en Cannas (216 a.C.). A continuación, Aníbal se dirigió hacia Roma, pero sin decidirse a atacarla. Mientras, la guerra se desplazó hacia Iberia: Publio Cornelio Escipión (235-183 a.C.) ocupó Carthagonova (209 a.C.), derrotó a los cartaginenses en Illipa y se apoderó de Gadir. Luego se dirigió a África y amenazó directamente a Cartago; Aníbal acudió a defenderla y fue derrotado en la batalla de Zama o Narragara (202 a.C.). Con esta derrota, Cartago perdió definitivamente sus posesiones en el Mediterráneo, en la península Ibérica y en África (con la devolución al reino númida de sus posesiones), y se convirtió de hecho en una colonia romana. Una vez expulsados los cartagineses de Iberia, los romanos iniciaron su conquista, que se prolongó hasta el reinado de Augusto (63 a.C. - 14 d.C.).
La última etapa de la expansión mediterránea
La alianza de Filipo V de Macedonia (h. 238-179 a.C.) con Aníbal sirvió de pretexto para que los romanos ocuparan Grecia. Las victorias de Cinoscéfalos (197 a.C.) y Pydea (168 a.C.), en las dos guerras macedónicas, pusieron a Macedonia bajo el total dominio romano. Poco después, el rey de Siria, Antíoco III (223-187 a.C.), aliado de los griegos, fue vencido en las Termópilas y posteriormente en Magnesia (190 a.C.).
Roma había ocupado en 122 a.C. la llanura del Po y el sur de las Galias, y en 123 a.C. las islas Baleares. El Mediterráneo era ya el "Mare Nostrum".
Aníbal (247-183 a.C.) General cartaginés. Invadió Italia cruzando los Alpes con su formidable ejército. Cayó sobre Roma tras vencer en la batalla de Cannas (216 a.C.), pero regresó para defender Cartago de Escipión. Derrotado en Zama (202 a.C.) y entregado a Roma, se suicidó.

Fuente bibliográfica: Gran Enciclopedia Interactiva
© 2006 EDITORIAL OCEANO



Roma.



Cap. de Italia, de la región del Lacio y de la prov. hom. Sit. Junto al r. Tíber, su gran expansión urbana se efectuó a partir de 1870, tras convertirse en cap. del país; 2 540 829 hab. (3 761 067 la agl.urb.). El sector terciario ocupa a gran parte de la pob., aunque existe también una creciente ind.
Hist. Al parecer, Roma fue fundada h. 754 o 750 a.C. como resultado de la fusión de los latinos y sabinos del Lacio con los etruscos. El gobierno de la nueva c. se confió a un senado formado por los jefes de las distintas gens y a un rey electivo. Al lado de estas gens iba aumentando, a causa de un mov. Migratorio, la plebe, desprovista de derechos políticos. A fines del s. VI a.C. una revuelta nobiliaria abolió la monarquía e instauró la Rep. Aristocrática, que duró hasta el año 38 a.C. y que se distinguió de la expansión exterior del pueblo rom. Y por la lucha de la plebe por obtener derechos ciudadanos. Tras una serie de guerras civiles promovidas por los jefes militares, Octavio consiguió imponerse. Con el rango de emperador, se hizo con el gobierno absoluto de toda la prov. y de la c. de Roma. El llamado Alto Imperio consolidó la dominación rom. En el mundo ant. Y, tras un periodo de anarquía militar, con Diocleciano se inicia el Bajo Imperio, del que destaca la cristianización de los rom. Y la presión de los bárbaros en las fronteras. A fines del s. IV, a la muerte de Teodosio, el Imperio quedó dividido entre sus hijos Honorio y Arcadio. El Imperio rom. De Oriente o bizantino, se mantuvo hasta fines de la E.Med. (1453). El de Occidente cayó bajo la oleada de invasiones bárbaras (476). A la caída del Imperio, la c. de Roma asumió la función de centro de cristianismo y sede pontificia.
Arte. El primer arte rom. Nació en el s. II a.C. por contacto con la cultura helenística del S de Italia. Arq. De la época republicana se conservan los templos de la Fortuna y de Vesta, de estilo gr. Durante el Imperio se dio mayor importancia al urbanismo (plazas, foros) y a los juegos (anfiteatros, teatros, circos) y se acentuó el gusto por lo monumental (termas de Caracalla y Diocleciano). Esc. La estatuaria, aunque inspirada en la gr., tiene un sentido rom. Se cultiva también el bajorrelieve y la escultura funeraria. Otros relieves celebran batallas y triunfos (arco de Tito, columna Trajana). Pint. Apenas nos han llegado ejemplos, y hemos de basarnos casi exclusivamente en los frescos hallados en Pompeya y Herculano, de clara inspiración helénica.
Lit. Como ocurrió en el arte, la producción literaria en latín no se desarrolló hasta entrar en contacto con la lit. gr. El primer autor de importancia fue Ennio, que escribió un poema épico sobre la historia de Roma. La comedia contó con dos grandes autores: Plauto y Terencio. En prosa destacan Tito Li- vio, Cicerón, César, Salustio, Cátulo y Lucrecio. La poesía alcanzó el mayor auge con el Imperio: Virgilio, Ovidio, Horacio. En el periodo siguiente, llamado edad de plata, predominan los escritores hispánicos: Séneca, Marcial, Lucano, Quintiliano, etc. En prosa, Petronio, Tácito (que crea un nuevo estilo de historia), Suetonio y Plinio el Viejo.
Rel. La rel. gr. influyó en la rom. A través de los etruscos y la Magna Grecia. Júpiter se identificó con Zeus y dominó a los restantes dioses, que también encontraron su paralelo con los dioses gr. En el culto rom. Se distinguía el culto público (templos) y el privado. La religiosidad rom. Rechazó los intentos de expansión de los primeros cristianos, pero la nueva creencia se afianzó en Roma tras la conversión de Constantino y pasó a jugar un imp. papel en la historia de la c.

Fuente bibliográfica: Nuevo Océano Uno. Diccionario Enciclopédico Color
© 2006 EDITORIAL OCEANO

lunes, 5 de mayo de 2008

EDAD ANTIGUA-LA INVENCIÓN DE LA ESCRITURA.



Edad Antigua.


Hist. (4000 a.C.-476 d. C). Primera e. de la historia. Abarca desde el descubrimiento de la escritura, en Oriente, hasta la invasión de los bárbaros y la caída del imperio romano.

Fuente bibliográfica: Nuevo Océano Uno.


Diccionario Enciclopédico Color
© 2006 EDITORIAL OCEANO.



Orígenes de la escritura.-


La escritura es uno de los descubrimientos intelectuales más importantes del mundo. Desde su origen, el hombre ha sentido la necesidad de comunicarse, expresando sus ideas y sentimientos de diversas formas: el gesto (apretón de manos), las señales ópticas (fuego, humo), las señales auditivas (silbato, aplauso, lenguaje), etc. Todas ellas de valor momentáneo. La necesidad de encontrar un medio de expresar ideas y sentimientos de forma no limitada al tiempo y al espacio es lo que hace evolucionar las formas de comunicación hasta llegar a la escritura.

Cuando la gente tuvo conciencia de la importancia de la escritura, ésta se había consolidado al ser utilizada ampliamente, y nadie recordaba cómo se había originado ni su progresiva evolución. Por este motivo, las sociedades primitivas consideraban la escritura un regalo de los dioses, como consideraron igualmente otras adquisiciones fatigosas y útiles del hombre: el lenguaje, el fuego, la agricultura, la domesticación de los animales, etc.

Al principio, los signos fueron sólo dibujos de objetos, y su finalidad era referirse a esos objetos o expresar una idea fácilmente sugerida por su contemplación. Así, por ejemplo, el dibujo del disco solar podía significar el Sol, pero también la idea de día. Dos flechas con sus puntas opuestas podían sugerir la idea de guerra. Esta manera de escribir, rudimentaria y simple, es conocida con el nombre de escritura pictográfica, o sea escritura pintada.

El origen de la escritura se sitúa históricamente en Mesopotamia, en Sumer, en el cuarto milenio antes de J.C., y su aparición obedece a la necesidad de llevar la contabilidad de sacos de grano y cabezas de ganado. Allí se descubrieron las llamadas tablillas de Uruk, con escritura llamada cuneiforme, por la forma en que se realizaba, con signos en forma de cuña o triángulo (cunneus, en latín).

Un progreso fundamental consistió en procurar que los signos reflejasen los sonidos de las palabras en la lengua hablada: el fonetismo. Para ello, los egipcios utilizaron el procedimiento del jeroglífico, es decir, un pictograma que no designaba el objeto sino otro objeto cuyo nombre fuera fonéticamente similar. La escritura jeroglífica, a diferencia de la cuneiforme, más austera y geométrica, es fascinante. Está hecha con dibujos muy estilizados, cabezas humanas, pájaros, animales, plantas y flores. La propia palabra “jeroglífico” significa “escritura de los dioses”. Según los antiguos egipcios, fue el propio dios Tot el que habría creado la escritura y luego habría hecho don de ella a los hombres. Los primeros documentos con inscripciones jeroglíficas se remontan al tercer milenio a. de J.C., pero parece que la escritura apareció anteriormente.

Mientras que en el sistema sumerio las inscripciones inicialmente eran una especie de recordatorios que, poco a poco, se fueron convirtiendo en una escritura, el sistema egipcio, desde el principio, se configura como una verdadera escritura que puede expresarlo todo. Reproduce casi totalmente la lengua hablada, y transcribe tanto consejos para la agricultura, la medicina, la educación como oraciones, leyendas, el derecho y la literatura. Es una escritura muy original y compleja, formada por tres tipos de signos:
* Los pictogramas: dibujos estilizados que representan cosas y combinaciones de signos para expresar las ideas.
* Los fonogramas: los mismos dibujos u otros, pero que representan sonidos.
* Los determinativos: signos que permiten saber de qué categoría de cosas y seres se trata.

La escritura china nació hacia el segundo milenio a. de J.C. Es un caso único, pues es prácticamente la misma que la que los chinos leen y escriben hoy día. Al igual que en la escritura sumeria o egipcia los primeros signos fueron siempre dibujos, pictogramas y combinaciones de pictogramas que se fueron estilizando progresivamente. Tiene un carácter marcadamente poético. Su mayor peculiaridad consiste en que un solo sonido pronunciado puede significar varias cosas según cómo se escriba. Cada signo debe inscribirse en un cuadrado perfecto. Se compone de una clave que le da el significado y de una parte llamada fonética que da indicaciones sobre la pronunciación.

El empleo de los signos fonéticos fue el invento creador de la verdadera escritura, por que antes sólo podían representarse cosas o ideas, mientras que en adelante, con la combinación de signos fonéticos, pudieron escribirse las palabras.
Sin embargo, los sonidos representados por jeroglíficos y cuneiformes eran sonidos complejos, equivalentes a nuestras sílabas. Quedaba pues, un gran progreso que realizar: reducir el número de signos a los estrictamente indispensables para representar los sonidos más simples que puede modular la garganta humana.

Esto fue obra de los fenicios, pueblo comerciante de Oriente, que hacia el año 1.000 antes de Cristo inventó el primer alfabeto, del que, a través de griegos y romanos, deriva el nuestro. La palabra alfabeto es de origen griego, formada a partir del nombre de las dos primeras letras de su abecedario: alpha y beta.

La invención del alfabeto supuso una conmoción en el mundo de la escritura. Hasta entonces, para saber leer y escribir en cuneiforme, en jeroglíficos egipcios o caracteres chinos era necesario conocer y manejar una gran cantidad de signos, lo cual sólo era posible para una minoría que detentaba el poder. Ahora con la aparición del alfabeto se democratiza el saber, ya que con unos treinta signos se podía escribir todo.

El primer alfabeto fenicio constaba de veintisiete letras. Tuvo un móvil económico al igual que la escritura cuneiforme. Los fenicios ocupaban geográficamente lo que en la actualidad es el Líbano. No tenían tierras para cultivar y se dedicaron al comercio; ello los puso en relación con todo el mundo mediterráneo. Se enfrentaban a muchas lenguas y dialectos que no entendían y solucionaron el problema con la creación del alfabeto, que ha llegado a nuestros días con pocas variantes. De este alfabeto fenicio procede el nuestro, así como también el árabe. Era incompleto, en el sentido de que carecía de vocales, que aparecieron posteriormente inventadas por los griegos.

El alfabeto fenicio, perfeccionado por los griegos, es el alfabeto adoptado por el mundo romano, de donde pasará al resto del mundo, salvo a los pueblos eslavos que desarrollaron uno propio: el alfabeto cirílico.

El alfabeto hebreo procede del arameo, que apareció hacia el siglo VII a. de J.C. Era bastante parecido al fenicio. Posee 22 caracteres sin vocales, pero se escribe de derecha a izquierda. Tuvo gran influencia en nuestra historia, ya que en esta lengua se escribieron casi todos los libros bíblicos del Antiguo Testamento.

El alfabeto árabe, que también procede del fenicio, consta de dieciocho signos que, asociados a unos puntos, forman veintinueve letras: Se escribe y lee de derecha a izquierda y no se anotan las vocales, como en todas las escrituras de origen fenicio. Parece que las primeras inscripciones ya propiamente árabes aparecieron en el año 512-513 d. de J.C. Su nota característica es la capacidad para adoptar innumerables formas, siendo elemento decorativo esencial de las mezquitas y de los demás monumentos (arabescos). El árabe se escribe con dos modalidades, la cúfica, de tipos más rígidos, delineados y fijos que se atestigua hacia finales del siglo VII, y la násquica, forma cursiva, antecedente de la escritura árabe moderna.

Del alfabeto griego no existe una información precisa acerca de cómo se gestó, pero hay certeza de que hacia el siglo V a. de J.C. ya existía; tenía veinticuatro signos o letras. Es fundamental destacar que fueron los griegos los que crearon las vocales. Con la escritura griega apareció también una de las literaturas más ricas de todos los tiempos, en la que tienen cabida todos los géneros: poesía, teatro, narración, historia y filosofía. Nuestra cultura le debe casi todo a la civilización griega, ya que de ella proviene nuestro abecedario latino.

El alfabeto latino se creó hacia el siglo III a. de J.C. Constaba de diecinueve letras, añadiéndose mas tarde la “x” y la “y”, hacia el s. I a de J.C., en la época de Cicerón. No existe certeza sobre su origen, ya que si bien es probable que procediese de la lengua etrusca, a quienes los griegos en su expansión transmitieron su cultura, otras hipótesis mantienen que vino directamente del alfabeto griego sin tener como intermediaria a la escritura etrusca.

Los romanos escribían al estilo de los griegos, que utilizaban las mayúsculas para la piedra y las minúsculas para los demás soportes como el papiro o las tablillas de cera.
Con la creación del alfabeto latino los romanos dieron a su imperio un idioma común que ha perdurado hasta nuestros días.

En los siglos II y III d. de J.C. apareció la “nueva escritura vulgar” y también la “uncial” que se difundieron por todas las regiones de Europa donde vivían los romanos y donde se escribía el latín. Pero a partir del S. V todo este mundo cultural entró en crisis, sobre todo por la destrucción del Imperio y la creación de nuevos estados en las antiguas provincias. Esta circunstancia histórica es muy importante porque dio lugar a la creación de nuevas lenguas y escrituras nacionales.

Durante siglos, en la Europa medieval, sólo se escribió en latín. La escritura, entonces, era patrimonio exclusivo de los monjes, ya que eran muy pocos los laicos que dominaban la escritura. Desde el siglo IX ó X cada monasterio tenía su scriptorium donde se copiaban, decoraban y encuadernaban los manuscritos. Solía ser la única sala que se calentaba (calefactorio). Los monjes sólo interrumpían su tarea para rezar. Eran auténticos virtuosos, y sus trabajos verdaderas obras de arte.

A finales del siglo XII, los copistas laicos que colaboraban con los monjes se fueron organizando en talleres y en gremios. Redactaban los documentos oficiales de la nueva burguesía comerciante y también libros. Hasta entonces los libros habían sido obras de lujo que sólo iban dirigidos a una minoría: la nobleza y el clero. Ahora la burguesía iba a tener acceso a la literatura. Se creó una demanda tan grande que los artesanos no podían satisfacerla. Sólo el invento de la imprenta permitirá -desde el siglo XVI- satisfacer esta nueva necesidad.

El alfabeto cirílico: hacia el año 860 d.C. unos religiosos griegos que vivían en Constantinopla evangelizaron a los eslavos e idearon un sistema de escritura conocido como alfabeto cirílico por el nombre de uno de sus creadores, San Cirilo, apóstol de los eslavos. Procede del griego. No obstante, para reproducir determinados sonidos que existían en el eslavo se crearon algunos caracteres que no existían en griego. Las variantes del alfabeto cirílico son las escrituras que corresponden al ruso, ucraniano, serbio y búlgaro, pero no es el caso polaco, checo, eslovaco o esloveno, que se escriben en caracteres procedentes del alfabeto romano.

Soportes de la escritura


Los egipcios escribían con una pequeña caña puntiaguda, mojada en una especie de tinta que se preparaba con agua, goma y algunas sustancias vegetales que le daban el color. Usaban como papel los tallos de una caña, el papiro (de ese nombre ha derivado nuestra palabra papel), que crecía abundantemente en las orillas del Nilo.

Las inscripciones en las paredes de los monumentos y las tumbas eran, por lo general, grabadas o pintadas; los egipcios se preocupaban en tales casos de que los signos fuesen ejecutados con mucha precisión y exactitud. En cambio, cuando se escribía sobre papiro no se respetaba esa minuciosidad en el dibujo, y así se fue desarrollando un tipo de escritura popular más simple, diferente de la otra, como son diferentes, entre nosotros, la escritura a máquina y a mano.

En cuanto a la escritura china, su principal aportación fue el invento del papel que revolucionó el mundo de la escritura, ya que permitía escribir con gran rapidez. Se realizaba por maceración de los residuos de la seda. Los chinos guardaban celosamente el secreto de su fabricación. Si bien, España fue el primer país de Europa que lo conoció. Los caracteres se caligrafiaban con un pincel y tinta (tinta china); y el papel adoptaba la forma de rollo. En las imágenes aparecen estos rollos cargados a las espaldas de los peregrinos budistas que atravesaban el país.

Otro soporte fundamental para la escritura fue el pergamino. Tuvo su origen en la ciudad de Pérgamo, en Asia Menor. Durante el siglo II antes de nuestra era, Egipto se negó a proporcionar a Pérgamo, que era su rival, los papiros indispensables, por lo que los escribas tuvieron que recurrir a otro material: el cuero.

El pergamino procede de la piel de un animal, generalmente ternera, cabra, oveja o carnero. Esta se dejaba en remojo en agua durante un prolongado período de tiempo, después se le daba una lechada de cal para eliminar la epidermis, evitar que se pudriera y facilitar la eliminación del vello, que se hacía a continuación; finalmente se raspaba el tejido subcutáneo. Una vez reducida la piel a una capa fina y limpia de la dermis, se estiraba y tensaba sobre un bastidor, donde se goteaba y raspaba con cuchillas de acero pasando a continuación un trapo húmedo con agua y polvo calizo; esta operación se repetía varias veces, de modo que, a base de secar y mojar la piel tensa, se producía un reordenamiento de las fibras de colágeno que daban el aspecto característico de la trama del pergamino. Una vez quitada la piel del bastidor, se apoyaba sobre un caballete y se volvía a rascar, ahora en seco, con cuchillas de cierta curvatura, para hacerla aún más fina y flexible, luego se pulía con piedra pómez. Con las virutas que se desprendían del raspado se fabricaba la cola de pergamino, usada para teñir lana, para pinturas y para encolar papel.

La ventaja fundamental de la piel de cordero y de ternera que pueden aguantar la escritura por las dos caras. La vitela es un pergamino de calidad superior que se obtiene al tratar la piel de terneras jóvenes o recién nacidas. Tiene la cualidad de que no se “bebe” la tinta o la pintura, y conserva mejor sus colores originales; por ello las más bellas miniaturas se realizaron sobre este material.

La aparición del pergamino trajo consigo dos progresos decisivos: por una parte, permitió la utilización de la pluma de oca que ofrecía muchas más posibilidades que el pincel de caña, algo basto. Por otra parte, permitió la aparición del libro, mejor dicho, el “codex”, precursor de nuestros libros, dada la posibilidad que ofrecían los folios de poderse doblar y coser.

Finalmente, en el siglo XV aparece la imprenta, inventada por Johannes Gutemberg en la ciudad alemana de Maguncia, junto al Rin, donde imprimió en 1450 una magnífica “Biblia latina”. Con los años y diversos progresos técnicos su invento se fue perfeccionando.

Gutemberg se dio cuenta del interés de utilizar el papel, material que ya había sido empleado por los chinos anteriormente, y que, con unas pocas mejoras, se siguió utilizando.

Si bien consideramos a Gutemberg el inventor de la imprenta, lo cierto es que ya antes, en China, se había publicado en 1390 un libro impreso en caracteres metálicos móviles.

Los historiadores de la imprenta empezaron a hablar en el siglo XVII de la época incunable refiriéndose a los primeros años de su existencia, es decir, cuando la imprenta, estaba “en los tiempos de cuna”. Después se dio el calificativo de incunables a los libros que aparecieron en aquel período, hasta el final del siglo XV.

El primer país en disponer de talleres tipográficos, después de Alemania, fue Italia, con una situación económica brillante, cabeza, por un lado de la vida religiosa y, por otro, del mundo intelectual.

La imprenta llegó a España con cierto retraso por la situación periférica de la Península y por la falta de grandes universidades o rica vida urbana. Los primeros impresores fueron alemanes. En total fueron veintiséis las ciudades españolas que dispusieron de imprenta en el siglo XV, como Barcelona, Zaragoza, Valencia, Segovia, Palma de Mallorca, Murcia y otras sedes episcopales como Santiago, pequeños pueblos como Montalbán y monasterios como Montserrat.

El descubrimiento de la imprenta supuso el renacimiento del comercio del libro en Europa, desaparecido prácticamente desde la caída del Imperio Romano. Desde el principio, se reconoció que la imprenta había abaratado el libro notablemente. La oferta de libros se centraba en el tema religioso. Dentro de este grupo estaban las Biblias completas o en ediciones parciales. También los libros litúrgicos, misales,... Las obras eruditas clásicas, medie vales y contemporáneas entre ellas grandes tratados teológicos y filosóficos que se estudiaban en las universidades.


Naturalmente a medida que pasaba el tiempo, fue aumentando el número de obras originales, escritas para ser impresas.

La imprenta, tal como fue inventada por Gutemberg, no podía hacer más de 300 hojas al día, por lo cual en 1783 Didot la perfeccionó haciendo que se pudiera imprimir en grandes formatos. Y posteriormente el alemán F. Koeing en 1812 pone a punto la rotativa, compuesta por dos elementos cilíndricos, que fue decisiva para la aparición de los periódicos.


Carmen Galán, Eva Mª Jiménez.- Scriptorium, el descubrimiento de la escritura.Consejería


Educación, Com. Madrid. 2.002. Págs. 62-63

domingo, 13 de abril de 2008

HISTORIA UNIVERSAL Y PREHISTORIA.




CONCEPTO DE HISTORIA






La Historia es el estudio o la ciencia que estudia los hechos o fenómenos (de todo tipo y de toda duración) trascendentes de la vida de la humanidad, en todas sus conexiones, tanto sincrónicas (con hechos de la misma época), como diacrónicas (con sus antecedentes y causas, y con sus consecuencias). Diacrónico significa de épocas diferentes: anteriores o posteriores. Sincrónico significa que es de la misma época, simultáneo.


Fenómenos históricos según su duración:
de corta duración: acontecimientos. Son los que se producen en unas horas o días. (El crack del 29)
de media duración: coyunturales. Se desarrollan en pocos años. (La I Internacional)
de larga duración: estructurales. Se desarrollan en siglos. (La romanización, la Reconquista).
Profundización y ampliación de la definición de historia


La historia es la ciencia que estudia la interconexión sincrónica y diacrónica de los fenómenos importantes, proyectivos, de la vida de la humanidad que transcurre en el tiempo; los fenómenos, por tanto, que tienen la suficiente importancia para proyectarse en las épocas siguientes, en el futuro a través del presente; fenómenos de todo tipo -económico, social, político, cultural, artístico, religioso- y de toda duración -larga, media o corta-. Son procesos, pero no hay inconveniente en llamarlos hechos pese al malentendido positivista. El problema del positivismo no es que potencie demasiado los hechos, sino que no quiere considerar todos los hechos, sino sólo los cuantificables, medibles y, sobre todo, compatibles con su creencia de lo que es científico; y descarta los que los pueden valorar y dar sentido, precisamente los más vitales.


Hay hechos trascendentes y hechos que se agotan en su puro pasar, como dice Millán Puelles. Los primeros, por influir en el curso del acontecer humano ulterior y dar a éste una orientación, entran en la historia; los otros, como cerrados y estériles, quedan fuera de ella. Aquello a lo que compete ser histórico es actual en tanto que presente considerado de manera formal, no material; lo histórico se define únicamente por su permanencia. En este sentido, toda historia es historia contemporánea. Cada situación histórica presenta una interconexión sincrónica de elementos de todo tipo, pero además tiene -según el mismo autor- un doble contexto previo y posterior, una dirección proyectiva, además de una dimensión retrospectiva. Lo que hace ser histórico a un fenómeno es la virtualidad por la que trasciende. Historiar, por tanto, es conocer la virtualidad de los fenómenos. De ahí el carácter formalmente conectivo de todo conocimiento histórico. Establecer la conexión es el conocimiento histórico. Lo demás lo es sólo indirectamente, materialmente, si sólo es preparar los materiales. La forma del conocimiento histórico es la síntesis dinámica y conectiva de la continuidad de los fenómenos o procesos. Analizar objetos históricos aislados no es tarea histórica. Pero sí insertar en su contexto histórico ese análisis, que puede tomar del economista, sociólogo, filósofo, etc., o hacerlo él en cuanto economista, sociólogo, filósofo. Esto es combinar lo lógico con lo cronológico adecuadamente. Establecer el sentido general correcto y, en él insertar los datos trascendentes que lo indican verificados concienzudamente.


Todos estos planteamientos enlazan y se aplican a la metodología didáctica. Como trabajar la cronología más que como memorización de fechas, como búsqueda de las fechas de fenómenos históricos significativos, exponiendo su significado. Así se ayuda a evitar la cuantofrenia (Gurvicht). En el conocer histórico, el entendimiento lleva a unidad conectiva los elementos plurales coimplicados y verificados. Su única norma es la verdad. Así se puede superar la visión burocrática de la historia y también la manipulación histórica de signo contrario.


Todo ello utilizando el lenguaje común, llano, sencillo, sobrio que, por otra parte, es el más apropiado en historia, no la pedantería, que es inapropiada en todo. La historia nunca ha sentido la necesidad de usar tecnicismos, llega a decir F. Suárez; y Braudel recomienda taxativamente usar las palabras vivas del lenguaje vulgar. Lo cual no quita, sino que, al contrario, exige aclarar a los alumnos los tecnicismos y terminologías tópicas de las escuelas de moda para que les pierdan el miedo y para que sepan manejarse con soltura ante las realidades más allá de la barrera de las apariencias.


Libertad y verdad en la historia las ciencias humanas o sociales no son deterministas. No pueden conseguir establecer leyes deterministas que permitan conocer el futuro humano en términos matemáticos a partir de datos empíricos naturales. Hay que tener en cuenta la personalidad libre de cada individuo en la multitud de las sociedades humanas. No obstante, hay una parte condicionada en la libertad de los actos humanos. Hay que contar con lo condicionando, con lo que el hombre decide y con lo que no decide.


Es evidente que el hombre como animal racional que es, según la expresión aristotélica, es un ser por una parte biológico, sometido como tal a las leyes de la bioquímica. Y entra en los esquemas de la caracteriología por la interacción psicosomática. Además está inmerso en la naturaleza. Asimismo es evidente, por otra parte, que, como ser racional y social por naturaleza -también según el mismo Aristóteles-, tiene tendencia siempre a la afirmación y realización de valores tales como verdad, justicia, bondad, fraternidad, solidaridad, laboriosidad, creatividad... Y que tiene pasiones que someter para que impulsen en el mismo sentido, porque si no, frustran esos valores sometiéndole y convirtiéndole en un mal para sí mismo y para los demás.


Por su parte, la Sociología nos indica que además de los factores de la naturaleza, existen los factores sociales y económicos y que también influyen en el quehacer humano: factores geográficos y demográficos; las condiciones económicas tan ligadas a su vez a las geográficas y a las demográficas, además de a los factores culturales; sociales (idiosincrasia nacional o regional, costumbres, tradiciones, propaganda y publicidad, presión social, control social); políticos (coacciones, presiones, interiorización ideológica, terrorismo)... Todo esto es verdad que condiciona los actos humanos, sobre todo considerados a escala social. Y que hay muchos actos reflejos e instintivos, pasionales, influidos y coaccionados por la propaganda y otras presiones y no tan puramente voluntarios, incluso y sobre todo en los que dicen hacer lo que les da la gana. Pero todo esto no elimina la voluntad libre: una cosa es que la voluntad pueda o no y otra muy distinta que en lo que pueda, poco o mucho, sea libre, como dice Ferrán. Y el papel de la libre voluntad humana es la afirmación y realización de aquellos valores a través de los condicionamientos materiales y sociales y sirviéndose de ellos incluso. La libertad es la liberación de las coacciones del mal precisamente, el poder liberarse, o en realidad ser liberado de las coacciones nocivas, no tener siempre que obrar mal forzadamente, coaccionados interna o externamente, sino poder obrar bien.


La verdad no obstante, se les puede llamar ciencias a las sociales en el sentido de que buscan un conocimiento demostrativo con pruebas de la verdad de sus conclusiones. Y lo buscan con métodos que pueden ser de alta especialización, utilizando a veces la tecnología más moderna para obtener información de sus fuentes y procedimientos matemáticos en el tratamiento de sus datos. El objeto de la Ciencia es la verdad o, lo que es lo mismo, lo que busca la ciencia es el conocimiento de la realidad. No subjetivismos, que son fuente de enfrentamiento, sino la verdad, en la cual todos podemos coincidir. Como decía Machado (Proverbios y cantares, LXXXV):

Y también, en lo que se puede aplicar para rechazar el concepto burocrático de la historia, como lo expresaba Einstein en carta al ministro de Educación de Mussolini antes de 1932:
"El deseo de alcanzar la verdad debe anteponerse a todos los demás. Fue este principio el que permitió a nuestra civilización iniciar su desarrollo... la búsqueda de la verdad científica, al margen de los intereses prácticos de la vida cotidiana, es algo que todo gobierno debería considerar sagrado, y, en interés de todos, debería dejarse trabajar en paz a los honrados servidores de la verdad".


La Geografía y la Historia vienen integrando desde hace muchísimo tiempo todo un conjunto de elementos materiales de las otras ciencias sociales, además de otros de las ciencias naturales y de algunos operativos matemáticos y, por supuesto, son informadas por las concepciones filosóficas subyacentes o explícitas, pero siempre decisivas para comprender y, por tanto, para expresar los conocimientos históricos: "La verdad de la historia está en función de la verdad de la filosofía que el historiador pone en juego" (H.I. Marrou).


De hecho, los profesores de Geografía e Historia conocemos por lo general las otras ciencias sociales a través de esta integración y utilización de sus conocimientos en nuestras disciplinas habituales, pero desde el punto de vista, u objeto formal, geográfico o histórico. El objeto material puede ser y es el mismo que el de otras ciencias, pero el objeto formal, lo que hacen con esos materiales, las define como ciencias diferentes esencialmente. Cada ciencia recibe sus principios de su ciencia superior. El concepto de lo que son las cosas y de lo que es el hombre y de todo lo humano lo reciben la Historia y la Geografía de la Filosofía. Cuando el geógrafo y el historiador, para hacer su Geografía y su Historia, conocen y definen esencialmente lo que es el hombre y todo lo humano, para explicar cómo ha llegado a ser lo que es y cómo se distribuye por la superficie del planeta, lo conocen y definen haciendo filosofía. Aunque sea partiendo de lo que diga el filósofo, es el geógrafo y es el historiador quienes lo tienen que comprender y expresar ellos. Y así lo hacen, sea buena filosofía, o falsa filosofía, como acontece.


El concepto de Prehistoria


La necesidad que siente el hombre de comprenderse a sí mismo a través de su pasado le ha impulsado a la búsqueda incesante de su historia colectiva más remota. El hombre prehistórico, desconocedor del lenguaje escrito, transmitía oralmente a sus sucesores las experiencias de sus descubrimientos. Este período es, con mucho, el más dilatado de la historia de la humanidad. Con la invención de la escritura, la historia alcanza contornos más precisos, aunque se limita al registro de los hechos que tienen como centro la descripción de los acontecimientos más heroicos y gloriosos de las respectivas civilizaciones que glosa. Serán los griegos quienes darán a la historia un perfil más objetivo y científico. Así Herodoto, Polibio, Tucídides y Pausanias se dedicaron al estudio del medio geográfico, social y político en que se sustentaban las grandes civilizaciones del pasado. La Edad Media representó una ruptura con este proceso, para dar paso a una concepción estática y determinista de todo lo social. El Renacimiento, que inaugura una fructífera etapa del desarrollo humano, va a ser el punto de partida de una nueva concepción de la historia. Los grandes descubrimientos geográficos, el auge del comercio y el desarrollo científico conducirán a los profundos cambios sociales y políticos de finales del siglo XVIII y del siglo XIX. Es en este momento cuando la historia adquiere un rango verdaderamente científico. De una historia exclusivamente militar, política o diplomática se pasó a una nueva concepción que, sin olvidar los elementos de la historia tradicional, incorporó el estudio de la economía, la sociedad y la cultura.

El análisis, la comparación y la especialización darán lugar a la aparición de las grandes síntesis históricas y de las grandes escuelas. Por motivos de tipo pragmático la historia se suele dividir en Prehistoria, Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea. Conviene precisar que esta división puede resultar arbitraria. En primer lugar porque el devenir histórico es un proceso unitario y, en segundo término, porque los distintos niveles de evolución histórica no siempre son equivalentes para todas las culturas o sociedades situadas en las mismas coordenadas temporales.

Más allá de sus evocaciones románticas, el término Prehistoria resulta algo confuso, puesto que semánticamente designa lo que ha acontecido antes de la Historia. Sin embargo, arbitrariamente hemos convenido que en la Prehistoria caben todas aquellas culturas desarrolladas por el hombre anterior a las grandes civilizaciones protohistóricas y prehistóricas. Nos estamos refiriendo a las sociedades forjadas por homínidos emparentados con nosotros y a cuyo conocimiento accedemos gracias a los objetos manufacturados o manipulados que nos han legado y que nos proporcionan una información valiosa sobre su forma de vida, sus actividades artísticas, espirituales, económicas, etcétera. Se trata de la época más dilatada de la aventura humana, cuyos perfiles son a menudo oscuros y extremadamente variados en el espacio y el tiempo, y cuyo estudio precisa del concurso de múltiples ciencias auxiliares, como arqueología, edafología, geología, botánica, paleontología, antropología, física, química y matemáticas, entre otras.

Ofrecer el panorama general de algo tan complicado y tan prolijo como es la Prehistoria resulta difícil. En realidad, establecer los límites culturales es relativamente fácil: la Prehistoria se inició con las primeras evidencias de la actividad humana y concluyó cuando aparecieron los primeros textos escritos. Por otra parte, se da la paradoja de que la mayor parte de la historia del hombre es Prehistoria, puesto que, en comparación, la historia escrita ocupa un lapso de tiempo francamente exiguo: unos cinco mil años solamente dentro de un período total de dos millones. Habida cuenta de que la finalidad de la Prehistoria es reconstruir el pasado del hombre, para alumbrar lo que ha sido la época más dilatada de la historia de la humanidad, habrá que centrarse y hacer hincapié precisamente sobre este pasado, a menudo oscuro. La Prehistoria es una de las ramas históricas más jóvenes, nacida hace poco más de un siglo. Sin embargo, recoge los hechos del pasado más remoto de la humanidad que son, quizás, los de más difícil interpretación. Así, aunque esta etapa es la más larga de la historia de la humanidad, la documentación con que se cuenta para reconstruirla no es mucha. Hay momentos de los que sólo se tienen algunos instrumentos de piedra y, en el mejor de los casos, los restos de los animales que sirvieron de alimento. En estas circunstancias, resulta difícil poder determinar cuáles fueron sus modos de vida, de manera que, en vez de hablar de cultura, hay que referirse a complejos industriales, ya que sólo se dispone de las industrias (herramientas y útiles), y a veces tan primitivas, que la información que aportan resulta muy escasa.


Fuente bibliográfica: Gran Enciclopedia Interactiva
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La división de la Prehistoria: el Paleolítico


Basándose en los escasos restos materiales hallados, en la actualidad se acepta comúnmente que, hacia la mitad de la era cuaternaria, el hombre había iniciado ya su camino como fabricante de utensilios y herramientas: básicamente hachas de mano (bifaces) y toscos guijarros tallados de un modo rudimentario, que se utilizaban para la caza y la defensa personal.

Durante el Paleolítico Medio, la industria lítica se perfecciona sensiblemente, al tiempo que se reduce de tamaño. Este progreso técnico viene representado por la cultura musteriense, que se extendió por parte de Europa y Asia y el norte de África. Ligado estrechamente al Musteriense se desarrolla un homínido, el Homo sapiens neanderthalensis u hombre de Neandertal (80 000-35 000 a.C.), que ha sido calificado de paleoántropo, porque presenta rasgos evolutivos superiores respecto a los homínidos anteriores, y que habría dado paso al hombre moderno, el Homo sapiens sapiens, en pleno Paleolítico Superior.

Los neandertales vivían agrupados en hordas y se dedicaban a la caza, la pesca y la recolección de frutos de árboles y plantas silvestres, y también de granos de gramíneas no cultivadas.
Sin embargo, estaban mejor armados que sus predecesores y pronto empezaron a dominar el medio que les rodeaba, así como a enterrar a sus muertos, practicando formas de enterramiento muy elaboradas que hacen suponer complejos cultos ceremoniales.

Los hombres de Neandertal desarrollaron así mismo una cierta especialización en la fabricación de sus útiles. Las grandes creaciones artísticas del Paleolítico Superior muy avanzada ya la última glaciación se sitúa el Paleolítico Superior. El continente europeo fue invadido por tribus asiáticas que, fundiéndose con el sustrato humano anterior, imprimieron un cambio trascendental a la cultura y a la población. La nueva oleada de pobladores trajo consigo técnicas distintas en el trabajo de la industria lítica (hojas, puntas, raspadores y buriles), que cada vez era más pequeña, aunque más eficaz.

Pero, quizás, la mayor innovación fue el trabajo del hueso y el asta de venado. Las nuevas técnicas son características de la etapa final del Paleolítico Superior y sus ejecutores son los representantes de un nuevo homínido, el de Cro-Magnon, que ya se considera un neántropo, un Homo sapiens sapiens, bastante semejante al hombre actual. Estos pueblos, junto con sus diversas culturas de cazadores de caballos, renos, ciervos, mamuts y bisontes, ocuparon durante miles de años Europa, las tierras bañadas por el Mediterráneo y grandes extensiones del norte de Asia y África.

Dentro del Paleolítico Superior se incluye también la cultura solutrense, que, en el occidente europeo, impulsó el surgimiento de hordas de cazadores armados con arcos y flechas de magnífica punta de sílex en forma de laurel o de pedúnculo. Extinguida la cultura solutrense, se impuso una nueva basada en la caza del reno y caracterizada por un esplendoroso desarrollo de la técnica del hueso y del asta y la reducción de los útiles de sílex: la cultura magdaleniense.


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La división de la Prehistoria: el Neolítico

La palabra neolítico se aplica al período en que el hombre trabaja la piedra con una nueva técnica, el pulimento. Sin embargo, lo que en esencia caracteriza al Neolítico y que supone un cambio radical en relación con las bases económicas del Paleolítico, es el aprendizaje de técnicas que permiten al ser humano producir alimentos para su subsistencia. De esta manera, el hombre abandonó su estrategia adaptativa predadora del entorno, basada en la simple recolección de plantas y frutos silvestres. A pesar de que se usa el nombre de Revolución Neolítica, no se trata de una ruptura con el orden anterior, sino que más bien lo que se produce es un largo proceso en el que coexisten, incluso en un mismo espacio, formas de explotación basadas en la caza y la recolección, con el aprendizaje de técnicas de producción y mejora genética de cultivos, especialmente de gramíneas, y con la domesticación de animales. Este proceso cambia de sentido cuando en una región determinada las nuevas formas agrícolas y ganaderas, combinadas con la producción artesanal y una cierta diferenciación de funciones entre sexos, dan lugar al surgimiento de categorías sociales responsables de la organización de la producción y de las ceremonias de culto.

La concurrencia simultánea de estos procesos permitirá a su vez el establecimiento sedentario permanente a un número cada vez mayor de habitantes. Aparecen entonces aldeas, poblados y ciudades y se desarrollan una serie de técnicas como la cerámica, el tejido, la rueda, el palo cavador y, finalmente, la metalurgia.

Junto a la agricultura, la domesticación de animales fue otro de los rasgos revolucionarios del Neolítico. Se cree que el primer animal domesticado fue el perro, auxiliar del cazador, al que seguirían otros: el buey, el caballo, el asno, la cabra, la oveja y el cerdo, que convirtieron al cazador paleolítico en pastor.

Religión de los pueblos prehistóricos: si desde el Musteriense adquiere gran importancia el culto a los muertos (lo cual es indicativo de un importante grado de espiritualidad), el Paleolítico Superior, en especial el Magdaleniense, supuso el desarrollo de formas de culto colectivo, deducido de la proliferación de pinturas rupestres y de estatuillas de diosas de la fertilidad denominadas Venus paleolíticas. Gracias a los restos funerarios conservados y al descubrimiento de centros de culto se sabe que, a partir del Neolítico, se hace evidente la importancia del culto a los muertos, así como la construcción de grandes monumentos megalíticos (mega = grande y litos = piedra).

Dolmen Monumento megalítico formado por varios soportes de piedra verticales sobre los que descansa una losa horizontal.Pinturas rupestres Representaciones humanas y animales asociadas a ritos mágicos para fomentar la suerte y abundancia en la caza y una mayor fertilidad.

El hábitat: el ciclo de los cultivos obliga al hombre prehistórico a permanecer en lugares próximos a los mismos, para velar por la abundancia de la futura cosecha. Aparecen, así, las primeras aldeas y poblados. Los poblados prehistóricos más antiguos que los arqueólogos han exhumado estaban formados por casas dispuestas irregularmente. En ocasiones, aparecían rodeados por una zanja o empalizada. El poblado de Jericó (Palestina) estaba protegido por altas y fuertes murallas. Los materiales empleados para la construcción de las viviendas variaban según las distintas condiciones climáticas y los materiales disponibles (piedra, madera, barro, juncos, paja y otros vegetales ligeros).

También variaba la forma de la vivienda, siendo las de planta rectangular o circular las más represen tativas de este tipo de poblados.

El desarrollo de la cerámica :Tradicionalmente, la cerámica se ha considerado como uno de los elementos más característicos de las culturas neolíticas.

Posteriormente, este punto de vista se modificó al comprobarse que muchas sociedades neolíticas avanzadas desconocían el uso de la técnica alfarera, mientras que determinadas culturas nómadas y de cazadores-recolectores utilizaban en sus desplazamientos vasijas y también recipientes de cerámica para guardar generalmente los alimentos. El uso de recipientes de arcilla endurecidos al horno permitió una notable variación en la dieta de estos pueblos agricultores-ganaderos, ya que gracias a la cerámica se podía cocer los alimentos.

Pero, junto a esta cerámica, destinada a usos prácticos y cotidianos, aparece otra cuya finalidad es fundamentalmente estética y en la que el elemento decorativo es fundamental. La cerámica de Tell-Hassuna (poblado exhumado de Irak), marca la transición hacia las sociedades pre urbanas de Mesopotamia.

Alfarería Arte de fabricar vasijas y objetos de barro cocido, surgido con la vida sedentaria del período neolítico.Estatuillas Representaciones femeninas ligadas a una dimensión ritual favorecedora de la fecundidad humana.


Fuente bibliográfica: Gran Enciclopedia Interactiva
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